Chapter 6 Casi me matan

Chapter 6 Casi me matan

HENRY

Llevaba encerrado siete meses. Siete malditos meses privado de mi libertad, de haber perdido todo por culpa de aquella mujer. Perdí mi libertad, perdí a mi familia, a mi pequeña hija que había sido arrancada de los brazos de mi madre, para ser entregada a aquellas personas que solo la utilizarían para su propio beneficio.

Un mes en el NYPD, y seis malditos meses en el Centro Correccional Metropolitano, rodeado de criminales a sueldo, de asesinos, narcotraficantes y violadores.

Estaba comenzando a creer que Dios se había olvidado de mí, que estaba pagando todos los pecados de vidas pasadas, si eso existía. Comenzaba a pensar que me pudriría en este maldito encierro toda mi vida. Hace un mes, mi madre por fin me trajo buenas noticias, pero aun no veía el fruto de su promesa y esperaba con todo mi ser que pronto me sacara de aquí.

Este lugar me convirtió en un ser sombrío y violento. Vivir rodeado de seres con instintos asesinos, con sed de venganza que canalizaban su ira y frustración con el primero que se les atravesaba de frente, me había enseñado que si quería sobrevivir, debía ser cruel y frío como ellos. Encerrado entre tres paredes minúsculas con barrotes como puerta, solo había sacado lo peor de mí. Tanto, que para no caer en los mismos vicios que los demás, me pasaba imaginando que aquella maldita pared era un saco de boxeo.

Golpeaba y golpeaba sin cesar, hasta ya no sentir los nudillos de mis dedos. Mis manos, llenas de cicatrices, habían aprendido a no sentir dolor con el tiempo. Mi cuerpo se había agrandado considerablemente, por las largas sesiones de ejercicio a las que me sometía y a diario me exigía, con el único propósito de canalizar mi dolor interno, mi frustración y la indescriptible decepción que sentía por la vida. Sin embargo, con todo lo que había pasado, en todos estos meses seguí guardando la esperanza de que Camile no tuviera nada que ver con mi encierro, pero el abogado que había tomado mi caso, confirmó que la acusación en mi contra la había hecho ella.

«La señora Williams», había dicho, revolviéndome el estómago hasta el punto de que devolví todo lo que cargaba en él.

En ese momento, comprendí que debía aprender a convivir de una vez por todas con la verdad. Aceptar que jamás me quiso, y mucho menos me amó, y si alguna vez lo hizo, no podía comprender cómo el amor se le había ido tan fácilmente, como para dejarme encerrado aquí. Solo pensaba en salir y poder recuperar a mi hija, pero sabía perfectamente que sin influencias eso sería imposible.

Sergei, mi compañero de celda, hijo de un traficante ruso muy poderoso, había sido mi paño de lágrimas en estos meses. Siempre me decía que al salir de allí, me sacaría y me ayudaría a vengarme de las personas que habían hecho añicos mi vida. Yo solo negaba. Creía imposible poderle dar alcance a personas tan poderosas como Daniel Adams, Cristopher Williams, e incluso, a Camile Harrison. Sin embargo, estaba seguro que no me quedaría cruzado de brazos, así como así. Buscaría la forma, buscaría la manera de llegar a ellos y hacerles sentir el mismo dolor que yo experimenté durante todo este tiempo.

Ese día, Sergei había despertado enfermo. Sentía frío y ardía en calentura. Acudió a la enfermería, donde le habían dado unos analgésicos y algo para la fiebre, pero los medicamentos no surtían el efecto que esperaba. En la noche temblaba, tiritaba de frío y ni siquiera tenía ganas de moverse, como para subir a la litera de arriba. Le había cedido mi cama, en la parte inferior, y como el invierno había llegado, le cedí la chaquetilla naranja que llevaba puesta, con el número que me habían asignado al darme el uniforme cuando ingresé aquí.

—Siento que voy a congelarme… —murmuró con dificultad.

—Ya verás que en la mañana te sientes mejor. —Me quité la chaqueta y se la puse—. Con esto sentirás menos frío. Es mejor que te recuestes y trates de dormir un poco.

—Gracias, Henry… por todo. Prometo que alguna vez pagaré tu buena voluntad conmigo, desde que llegué aquí.

—No me debes nada, Sergei. Somos amigos, y los amigos están para estas cosas. —Sonrió asintiendo.

—De donde vengo, tus amigos eran sólo las personas a quienes les pagabas para protegerte. Conocerte ha sido un verdadero placer.

—Hablas como si fuera una despedida y no es el caso. Tenemos mucho tiempo por pasar aquí, compartiendo esta… habitación de cinco estrellas —bromeé y sonrió.

—De todas maneras, nunca se sabe cuándo uno dejará de existir. Y no es bueno hacerlo sin agradecer a las personas que te tendieron la mano.

—O vengarse de las que te arruinaron… —acoté y asintió—. Mejor vamos a dormir, que en unos minutos las luces se apagarán.

—Que descanses, y gracias nuevamente. —Volvió a decir.

Solo palmeé su espalda y subí a la litera de arriba.

***

El ruido de unos pasos acercarse, me pusieron en alerta. Mis sentidos se habían agudizado con el tiempo, para prevenir cualquier ataque que pudiera surgir en la prisión.

Me quedé inmóvil, en la litera, mientras las pisadas se oían más cercanas.

—Número 00787, litera inferior… —murmuró una voz ronca.

Seguidamente, el portillo de hierro fue deslizándose, hasta dejar una abertura considerable. En la penumbra, apenas se podía divisar cosa alguna, pero era indiscutible que una silueta ingresó a la celda.

Quien fuese, se acercó sin inmutación a la litera donde siempre yo dormía, y se oyó un quejido profundo de dolor que continuó por aproximadamente dos minutos, hasta que el silencio reinó nuevamente. La persona que había ingresado, se marchó rápidamente y el portillo de inmediato volvió a cerrarse.

Completamente absorto, bajé de la litera para ver qué había ocurrido.

—¿Sergei? —Lo llamé en un susurro—. Sergei, ¿estás bien? —No respondió.

Palpé su cuerpo y estaba empapado. Levanté la mano y entre mis dedos sentí un líquido viscoso y tibio. Mi cuerpo se paralizó al darme cuenta de lo que había pasado.

A Sergei, lo habían matado.

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