DANIEL
No creía en el destino, hasta que una noche en un bar de Ibiza, conocí a una bailarina que acaparó mi atención. Y no por su belleza, que era innegable, sino por su astucia. Era demasiado sagaz y ambiciosa; me había gustado su manera de pensar y su forma de ver la vida. Era muy parecida a mí.
Un tanto ebrio, le había comentado los hechos que me llevaron a embriagarme a ese lugar.
—Solo la muerte no tiene remedio, Daniel —me había susurrado al oído y la miré frunciendo el ceño—. Tú tienes mucho dinero. Y yo, tengo grandes ideas.
—¿Qué propones, Jessica? —repliqué, extasiado y curioso por...