NANCY.
Sobre mi cama, únicamente me encontraba yo, sola, la noche del viernes. No era temprano. Mi reloj de la mesita de noche marcaba las 12:30AM.
No quise ir a trabajar. No quise, aunque pudiese. No iría, aunque quisiese. Las cosas no andaban bien en mi cabeza.
Nunca pensé que uno de mis clientes me podía perjudicar. Mejor dicho, que tener un cliente me pudiese perjudicar. Se supone que la vida que ellos tienen (los comensales de los restaurantes que pertenecen a mi familia) es de ellos, no mía. Y en viceversa, el asunto cobra fuerza, porque evadir un problema que nos afecta directamente, es una cosa. Otra más comprometedora,...