Chapter 6 En la vida

Chapter 6 En la vida

OLIVIA

Me coloqué tras la pared de la oficina de recursos humanos. Era sábado y muy temprano, por lo que los demás empleados no habían llegado.

Realicé las tareas que mi jefe me encomendó: elegir las flores para su novia, comprarlas, recibirlas en la oficina, colocarlas sobre el escritorio de ella y esperar, para también recibir al delivery que llevaría un desayuno de lo más exclusivo. Estaba muy segura que mi gran jefe no iría esa mañana al edificio, y que tanta galantería se trataba de una felicitación a distancia, como disculpa por no estar presente.

Pero qué equivocada estaba…

La exclusividad del desayuno que le había regalado a la cumpleañera, se trataba de un kit de lencería como presente, adjunto a la famosa comida. Y al parecer ese detalle hizo que él no se quedara de brazos cruzados; no se aguantó enviárselo sin él estar allí.

Así que llegó al rato (no demasiado), cerró la puerta de la oficina de su amada y yo, escondida como una guarra detrás de un muro, pude escucharles y hasta imaginar el punto exacto donde lo hacían.

Porque lo hacían… Ellos hacían el amor en la oficina.

Por extraño que parezca no me sentí desubicada, tampoco permanecí demasiado tiempo allí. Más bien, abrí paso al curioso pensamiento de saber que aquellos amantes sucumbían al deseo, pero durante el desayuno. Y que yo, que soy asidua a frecuentar la noche, me había dejado llevar de la misma forma, quizás…, pero durante las cenas.

Durante dos cenas..., con un hombre al extremo de desconocido.

Esa era mi vida, sí: me acostaba con un desconocido.

Entonces me pregunté, ¿siempre habrá que tener algo más con alguien para llegar a compartir tales cosas…, o momentos? ¿Qué sucedería si llegase a preparar un despertar para mi amante?

Eché esas interrogantes en el cajón interno de mi mente. Carlos podría huir si yo planeaba algo así. Y estaba bien que lo hiciera, en el caso de que aquello sucediera. Sin embargo, al considerarlo, me di cuenta de que aún no estaba preparada para alejarme de ese idilio; uno de los porqué me despegué de la puerta de Recursos Humanos, dirigiéndome por ese mismo pasillo hasta el comedor de empleados y después de tomarme un buen café, me devolví por allí mismo con destino a la recepción, mi lugar de trabajo.

Pero ya cuando iba de regreso, no pude seguir caminando. No de inmediato. Lo que escuché salir de la boca de uno de aquellos tórtolos mientras me alejaba, me erizó al completo la piel, me paralizó.

Por cualquier tipo de bloqueo sonoro que pudo camuflar a aquella ardiente declamación, a través de la puerta cerrada, por encima de mi pena y de cualquier desinhibición, mi señor jefe y su pareja, bajo un voceo intenso, vanagloriaban la emoción que sentían uno por el otro. Sí, se escuchaba todo lo que hacían, pero lo que él dijo fue lo más… fue lo más… Quizás ahora que decido contarlo no sepa explicarlo bien, poniendo en duda hasta mi alocada interpretación. Pero hubiese sido positivo que alguien me advirtiera aquella vez que los jadeos de terceros serían capaces de hacerme sentir tanto…, de lograr cambiar un poco mi psiquis.

Desde adentro de aquella oficina escuché claramente la frase:

«Te amo tanto, maldición…»

Te amo tanto… Te amo tanto, maldición… Lanzada, arrojada allí, chocando contra mí.

La frase fue dicha de él hacia ella, muy cerca de la madera, casi delante de mí sin que supieran, y provocando en la dama —mi compañera de trabajo— un transparente clamor ahogado, demasiado apasionado para el gusto de cualquiera.

Miré al frente de inmediato porque escuché el bullicio de algunos empleados llegar. Así que me quedé como centinela intentando resguardar la zona, por si alguien se acercaba demasiado y pudiese descubrir lo que sucedía ahí dentro.

Entonces me quedé y escuché todo lo demás, percibí hasta cuando la pareja se alejó de la puerta; fui testigo muda de aquella entrega, pero juro que no pensaba tanto en el puro y literal contexto. Hubo un momento que sus jadeos me hicieron olvidar quiénes eran ellos, o el hecho de que se follaban en plena oficina. Aquello me sacó de mi planeta un breve instante y cuando estuve segura de que habían terminado, pisé tierra, me retiré y en vilo, logré llegar a mi destino.

En mi puesto de labores contesté llamadas, saludé a mis compañeros, sin poder apartar de mi memoria aquel conjuro tan contundente y preciso. Porque ese «Te amo» fue precisamente eso: una hermosa brujería, una muestra de belleza, la representación de preciosura; Un grito de amor, y no de guerra; Una sentencia buena, sin maldad, con alas, libre, volando sobre el mundo real sin obstáculos ni precipicios.

Como si hubiese descubierto la cura de todos los males, así, fue cómo adopté ese repentino aprendizaje, la inyección de amor propio que necesitaba. Descubrí mi propia cura tras esa declaración ajena y recordé bien claro lo que ese hombre llamado Carlos, mi amante nocturno y casi desconocido, me hizo sentir la noche anterior en nuestro segundo encuentro.

¿Y qué recordé en específico? No precisamente la frase Te Amo, porque entre nosotros —por lógica— aún no existía. Sino toda mi novedosa experiencia con él. Las palabras de mi jefe me hicieron pensar en aquel, porque... Santo Cielo… ¡Dios! Por fin pude explicar sus formas de poseerme, la insistencia de un nuevo encuentro, sus miradas mientras se adueñaba de partes de mí tan importantes, su dedicación hacia mi cuerpo, mente y bien segura, el chute amoroso que derramó —una noche antes— sobre mi alma.

Llegada la hora del almuerzo, miré el reloj de pared y sonreí educadamente hacia mi reemplazo, quien llegaba a buena hora.

El teléfono sonó con una llamada entrante.

—No, yo la tomo —me dijo Betty, la otra recepcionista—. Ve a almorzar tranquila, nos vemos al rato. —Ella siempre pillaba su almuerzo una hora antes que yo.

Le agradecí y me fui al cafetín de empleados.

Aquel camino que tomé para llegar allí no era el de todos los días, por supuesto que no. Aquel pasillo poseía un atajo, el mismo que utilicé más temprano. Confieso desear saber el estatus del departamento de Recursos Humanos.

No sé por qué pensaba que aún ellos podían seguir reunidos allí. Pero lo cierto es que en todo el día no volví a ver ni a mi jefe, y tampoco a la directora de la dichosa jurisdicción. Pensando que tal vez habían decidido tomarse la tarde y que habían salido por la puerta de atrás, me acerqué hasta el venturoso lugar. La puerta estaba entreabierta, la empujé ligeramente…, y sonreí.

El arreglo florar había sido acomodado al lado del escritorio y en el suelo. Las cosas encima de la mesa estaban exageradamente ordenadas. Olía a perfume de hombre y a una esencia jabonosa, como si hubiesen esparcido algún producto de limpieza. Sonreí aún más y me sentí feliz por ellos.

Entonces me fui a comer tranquila y animada, planeando en mi cabeza lo que compraría la semana entrante; alguna cosa o prenda destinada para mi siguiente viernes, algún conjunto o combinación de ropa que utilizaría para ir a cenar de nuevo con cierto caballero.

Category
Dark
Set up