CARLOS
Esa mujer no me pesaba, pero tampoco era una pluma. El explayarse así para mí con esa entrega viciosa, traía kilos de excitación encima. Y ellos ahora eran mi responsabilidad, no podía dejarlos caer.
Mordí mis labios y comencé a cogérmela duro, así…, como nos comenzaba a gustar, subiéndole unos grados al ardor de haber sucumbido aquella primera vez; la misma noche que nos conocimos.
Maldición, sin protección, sin una mierda encima. Ni siquiera recordaba sus palabras exactas cuando me aseguró que estaba limpia, y menos las mías certificando lo mismo. Era la segunda vez que nos veíamos y de nuevo lo hacíamos así. Estábamos chiflados, nos comportábamos como bestias sin cerebro. Pero ni que me pusieran una pistola en la cabeza la soltaba. Si me obligaban a alejarme de ese manjar de Dios, la llevaba conmigo a rastras.
Apoyó los tobillos en la cama y se impulsó como toda una maestra hacia delante. La atrapé por la cintura y comenzó a brincar, a danzar y a removerse sobre mí, abrazada a mí, restregándose conmigo. Esa sensación tan jugosa del sagrado ejercicio cuando se encaja a la perfección, donde los diálogos no importan y las preguntas tampoco; mientras la ayudaba con mis piernas y manos a moverse una y otra vez, sin parar, con fuerza y vigor… Esa vil mentira del trabajo que se borra, cuando se va el calor de una ciudad que te puede hacer cambiar de humor, donde las cuentas no se pagan, donde el cielo es del color que uno desee… Ese sentimiento de moldura y follada, de sexo crudo y centinela de una pulcra unión, sin baches, era demasiado placentero, fue demasiado para mí sentir eso de nuevo y casi no llego a explicarlo con aciertos. ¡Hacer el amor con Olivia era estar en el puto reino!
Me fui con ella, le di la vuelta, la puse en cuatro y le di hasta que se me olvidó que todo tenía un final. Le di, le di profundo, le di durísimo a esa Olivia, una mujer que aún era casi una desconocida. Le dejé rojo el sentido de cordura, halé su cabello y mi premio fue estar de acuerdo. Mordí su espalda, hombros, escupí mi mano y me fui a otra puerta. La asusté, me reí, salí, me metí en la de siempre, la penetré cien veces, me hizo jadear en celo, me restregó que el ego es un muñeco de trapo sobre el pavimento.
Nos follamos, me folló después, me dio sus tetas dándome la espalda y se las apreté como dos distinguidas masas sobre un plato de vajilla fina. Estaba desesperado, vuelto loco, no sabía qué hacer con tanto.
Se puso boca arriba y ambos, estiramos sus propias piernas y seguimos en la faena pero con la clara diferencia de nuestros largos besos; la mejor parte.
Me encantaba besar a Olivia, me encanta besarla, me encanta follarla y besarla al mismo tiempo y besarla antes, durante y después.
Mi pelvis se movía ligera, acostumbrada ya, mientras las lenguas hacían su danza natural. Mordí sus labios, mordió los míos, sus jadeos fueron de muerte.
Me acerqué a ella y la miré. Y tuve que bajarle un poco a mi revolución por el impacto. ¡Diablos, estaba bellísima! Tenía marcas rojas en la cara, muecas de esfuerzo y placer, el maquillaje algo corrido… Tal vez era todo un desastre pero sobre esa cama, ese desastre era mío.
Abrí la boca para tomar aire y decir algo. Aunque antes la besé.
—Me vuelves loco, Olivia. —Tenía que decírselo. Luego tuve que tragar para alejar la sequedad de mi garganta.
—Ahh, Carlos. Ahh…
Ella impulsó su centro hacia mí como martillo de feria, y… Uff, que alabados sean todos esos groseros movimientos que hacen las mujeres en la cama. Ese empuje fue una súplica y asentí a sabiendas de lo que pedía.
«Claro que sí, mi vida», respondí en pensamiento.
Me fui abriendo paso con velocidad; o mejor dicho, a un ritmo medido para hacerla llegar a ella primero. Muy bien sabemos que no solo se trata de orgullo, sino del espectáculo que supone el verlas acabar.
Presionó mis caderas con sus hermosas piernas, atacó mi espalda con sus preciosas uñas, jadeó ruidosa y desinhibida… Olivia ya no estaba en ese cuarto, pude sentirla volar tras el temblor de su cuerpo y mucho más allá, con el apretón de mi miembro y su dulce manjar mojándome todo.
No pude más, no sería tan cruel como para alargarlo. Empujé, me metí, socavé.
Oh…
Maldición.
Enterré mi cara en su cuello y con un empujé más, terminé de derramarme dentro.
***
Y… se hizo el silencio.
Ninguno de los dos habló. Ninguno de los dos se movió y me pareció que pasó un buen rato hasta que me erguí un poco y la observé. Sus labios aún seguían separados, ojos cerrados y un tanto mojados en las esquinas. Respiraba aceleradamente, tragando también; debía tener bastante sed.
—Mírame.
Obedeció. Abrió sus ojos y no supe si fue por la iluminación del cuarto (que no era mucha), o por todo lo que acabábamos de hacer.
Pero los vi por primera vez un tanto claros. No conocía a esa mujer tanto como para definir esos cambios físicos en ella, pero ese de allí, me encantó. Y me dieron ganas de besarla lento, así que lo hice. Siempre disfruto probar los labios de una mujer recién follada. Pero ella no era una simple mujer, era una dama. Mejor dicho, era Oliva recién follada, algo muy distinto. Sentí que sonrió pegado a mí y tuve que seguirle la mueca, también quería sonreír.
Me salí con cuidado y me coloqué boca arriba. Ella y yo nos movimos al unísono. Deseaba que se acostara en mi pecho, pero ya ella lo estaba haciendo. Fue extraño, porque mi cabeza proyectó alguna visión sobre polos opuestos e imanes. Por fin descansó su cabeza sobre mí. Enredamos las piernas, la abracé y permanecimos así hasta quedarnos dormidos.
OLIVIA
Poco a poco me fui despertando, gracias a la vibración de un teléfono; el único sonido en toda la habitación. Me dolía un poco el cuerpo y créanme, fue más por dormir junto a alguien en esa linda posición, que por todo lo demás. Y no era porque fuese una mujer altamente sexual. Con Alonso tuve sexo no tan lejano al primer día que me acosté con Carlos. Pero fue… distinto. No hubo dolores porque no hubo abrazos. Con mi ex era otra cosa.
Solo con levantar la cabeza pude ver que él seguía durmiendo. No lo despertaría por nada del mundo. Ni siquiera si se trataba de su móvil.
Me moví lentamente y ni se inmutó. Fui por mi bolsito porque desde allí se escuchaba el menequeo. Silencié la vibración de mi celular ya que aún no deseaba contestar. Era mi jefe y algo debía haber ocurrido para que me llamara un fin de semana y a esas horas de la noche.
Pero el tedio que podía producirme el contestar no fue la razón de no hacerlo, sino el querer contemplar un poco a Carlos en esa guisa. Algo tan normal, verlo allí, haciendo algo verdaderamente humano. Cenar, besar, conquistar, follar… Emitir algún halago, manejar o incluso suspirar, muy bien eran reacciones de mortales, cosas que podían definir el tipo de hombre que era. Pero el dormir a profundidad después de lo que acababa de hacer y conmigo, le daba a todo una inflexión muy distinta.
Sonreí un tanto, cargaba los labios un poco separados y roncaba ligeramente; había que acercar la oreja para darse cuenta. El pelo que siempre llevaba bien arreglado ya no lo estaba y le otorgaba un aire genialmente sexy, arrebatador. Carlos era increíblemente guapo y en ocasiones me preguntaba, ¿qué vio en mí? ¿Qué hice, qué tenía para lograr que un sujeto como él llegara a mi mesa esa noche? ¿Y qué estaba haciendo yo para que quisiera continuar arreglando encuentros conmigo? ¿Era demasiado fácil? ¿Lo fui? ¿Soy fácil? Miles de preguntas… Algunas tenían respuestas, otras no.
Y debía agregar más: ¿Carlos tendría mujer? ¿Tal vez hijos? ¿Sus padres estaban vivos, poseía familia?
Suspiré.
Sí, el sujeto me daba curiosidad, pero como dije anteriormente: no quería que él supiera nada de mí. Necesitaba probar hasta qué punto un hombre aguantaría el no indagar nada sobre la mujer con la que se acostaba.
Porque ellos también curiosean, quieren saber siempre a quien están dominando. O por lo menos, de quién se están dejando dominar.
Y si hablamos de eso, establecer un acuerdo de no divulgación de nuestros asuntos personales (llegando un poco más allá al no darnos números de contactos y mucho menos direcciones), hacía que nadie llegara a dominar a nadie. Navegábamos ligeros por ese río, sin luchar, poniéndonos del lado de la corriente. Y bien sabía que un día de estos saldríamos de alguna habitación sin establecer un nuevo encuentro y de ese modo, las cosas cambiarían.
El teléfono volvió a las andanzas y suspiré profundo. Me dirigí al baño, me coloqué una toalla y salí hasta el estacionamiento privado, parte propia de aquella alcoba; un garaje cerrado el cual le daba seguridad completa el coche.
Me golpeó el calor y la humedad del habitáculo. Para llegar al vehículo, había que bajar unas cortas escaleras. Acomodé mejor la toalla alrededor de mi cuerpo, me senté en los escalones y allí contesté. Mi jefe me llamaba a esa hora porque deseaba una ayuda totalmente fuera de lugar para mi rol en la empresa, pero que encantada decidí aceptar. Él prepararía una sorpresa de cumpleaños para su novia, la jefa de recursos humanos, y requería que llegara una hora antes para recibir el delivery con un desayuno acompañado de un arreglo floral, dándome libertad y confianza para ordenarlas a mi gusto.
Sonreí todo el rato, hasta le pregunté, sin querer entrometerme de lleno, si habría sortija de matrimonio. Él se echó a reír, no respondió y eso me fascinó. Él estaba bastante enamorado de aquella mujer. Había roto el protocolo de no confraternización de la empresa; su empresa. Aunque no muchos sabían de esa relación, yo era una de las pocas y la sorpresa sería anónima. Y ya podía vislumbrar que la agraciada no le haría falta adivinar quién le había enviado aquellos regalos. Ella también lo amaba, no tenía que decírmelo; Ninguno de los dos. Colgamos la llamada y me devolví a la habitación. Me paré en seco junto a la puerta cuando vi a Carlos despierto y sentado sobre el colchón.
Aún desnudo y dándome un poco la espalda, volteó su cara y alzó las cejas.
—¿Todo bien? —preguntó con esa voz tan varonil…
Asentí con un cortísimo cierre de mis párpados para crear más seguridad a mi respuesta. Me quité la toalla, la dejé sobre una esquina de la cama y gateé sobre ella directo a su espalda. Él se movió sólo, como atraído a mi plan: estiró los brazos hacia atrás para alcanzarme, mientras acomodaba mi cuerpo y mis piernas para rodearle.
Suspiré insondable sobre su espalda ancha.
Olí profundo la esencia de su perfume y ese olor de piel tan
marcado.
No supe que estaba tenso hasta que sentí relación en su anatomía, justo después de dejar que mis senos se aplastaran contra ese valle de piel morena clara.
Comencé entonces a dejar besos en ese campo perfecto, hombros, cuello… Arrastrando mis uñas ligeramente en masaje sobre su tez, disfrutando plenamente de sus suspiros profundos, dejando escapar una ligera risa cuando dejó caer su cabeza hacia atrás sobre la base de mi cuello.
Luego un beso sonoro en mi mejilla y mi estómago hizo su brinco. Exhalé de prisa por aquel pesado sentimiento sin que se diera cuenta; un suspiro insonoro porque por supuesto, jamás dejaría al descubierto esa reacción que provocaba en mis entrañas.
Quise cubrir mi cara con las manos. Pero en vez de eso, la cubrí con lo que encontrara de él. Lo hice pensando que Carlos, ese hombre desconocido me estaba gustando de verdad. Muchísimo. Pero creo que adoraba mucho más esa clandestinidad y la forma en la que estábamos haciendo todo, si debo ser aún más sincera. Sin preguntas, sin indagaciones tontas, sin saber de dónde proveníamos y hacia dónde íbamos. Era tan genial…
Se volteó brusco haciéndome pegar un gritico. Luego mis risas, y sus besos profundos se mezclaron cuando comenzó a juguetear con pellizcos y gruñidos al restregarse conmigo. Lo hizo como si nos conociéramos desde siempre, como si el mismo creador en su taller nos hubiese diseñado a los dos al mismo tiempo y a la misma hora. Estábamos tan concatenados… A otros quizás aquella íntima demostración les daría miedo. A nosotros no, todo lo contrario.
Se posicionó y me penetró ligero, feliz… Santo Dios, ¿cómo no seguir en el ruedo? ¡¿Cómo no seguir cenando juntos en aquel mismo punto del mundo?! Que vengan todas las noches, todos los fines de semana, que se reúnan en la balaustrada de la tierra y que con embeleso se rían felices de nuestros aciertos. Quien sea: el altísimo, el mismo infierno, los santos o energías quienes se encarguen de que ambos nos sigamos apareando… Gracias. De mi parte, muchas gracias. Porque continuaremos dejándonos llevar por sus designios.
Mientras nos movíamos a causa de las gozosas penetraciones, logró mirarme un tanto, penetrándome allí arriba, en mis retinas, mientras fruncía el entrecejo.
—¿De verdad que todo está bien?
Acentuando mi sonrisa y tomando su rostro con mis manos, le contesté:
—Perfecto, Carlos. Todo está perfecto.
Y así nos entregamos nuevamente, y de nuevo al rato. Y dormimos, y nuevamente nos dimos en la ducha con menos energía, pero con la misma dicha de antes; porque cada vez que nos compenetrábamos en cuerpo, nos sentíamos más tranquilos uno con el otro.
Por un momento de la madrugada escuché algo vibrar otra vez, pero en esta ocasión lo sentí a él removerse. Estaba muy cansada, así que no pude mover ni tan quisiera una pestaña. Si la llamada era para mí, que me lo informara él mismo y ya vería yo si contestar o no.
Pero no recuerdo nada más después de eso, solo que al despertar estaba sola y con una nota pegada en el espejo del baño:
En La Napolitana el viernes que viene.
09:00pm
Disculpa que me vaya. He cuadrado un taxi para ti, solo debes
marcar el número cinco del teléfono e indicar que estás lista para irte.
Me fascinó todo, Olivia. Cuídate mucho. Nos vemos.