Chapter 4 El segundo encuentro

Chapter 4 El segundo encuentro

OLIVIA

—Pensé que te habías asustado.

—¿Por qué? —preguntó tranquilamente entre bocados de su escalopa. Me arrepentí por completo de pedir ensalada. ¿Quién cena esas pajas en La Napolitana? Solo yo. «¿Si le pido un poco, me dará?»

Viendo esa carne al termidor siendo devorada por aquellos apetitosos dientes, casi me hace olvidar que él esperaba una respuesta.

—Porque pensaste que me había ido. De ser así, ¿cómo me habrías localizado?

Su cubierto quedó paralizado en el aire.

—Aquí. —Se encogió de hombros.

—¿Y si no venía nunca más?

—La otra noche me dijiste que este era uno de tus restaurantes favoritos.

—¿Y si me mudaba de ciudad?

Dejó de masticar por un momento.

—¿Piensas viajar a alguna parte?

Me quedé observándolo por un instante. Ya no sabía quién de los dos reservaba curiosidades allí. No le respondí y me divertí con eso, a sabiendas de que no me lo exigiría.

Entonces, continué comiendo.

—¿Está buena tu ensalada?

—Sí.

—¿Te gustó la cerveza?

—Es mi bebida favorita.

Dejó de comer nuevamente.

—Pensaba que era el vino.

—También me gusta, pero mucho más la cerveza.

Seguimos comiendo, pero me daba cuenta que ya casi terminábamos la cena.

—El vino te cae muy bien. —Lanzó su comentario, deslizando la frase con bastante sugerencia.

Sonreí.

Coloqué el tenedor en el borde de mi plato y me incliné hacia delante. Le hablé bajo…

—Te puedo asegurar, querido Carlos, que también lo hace la cerveza.

Demasiado quieto, matándome con la mirada, separó un poco los labios para intentar respirar profundo sin que se notara. Arrancó la servilleta de su regazo y se limpió la boca. La lanzó sobre el mantel y luego alzó la mano para pedir la cuenta.

***

Su carro se parecía a él: sobrio, reservado, sencillo, elegante y misterioso. Carrocería color verde militar, asientos de un beige cremoso, espacioso, demasiado cómodo y con olor a nuevo. En los parlantes: un rock alternativo que no conocía.

»—¿Qué suena? —llegué a preguntarle.

»—Reserved for Rondee. La canción se llama Age me —llegó a responderme.

No quería preguntar a dónde íbamos, pero fue inevitable desear hacerlo al ver que llegábamos al peaje del puente que nos sacaría de la ciudad.

A punto de hablar, él se adelantó:

—Reservé una habitación al otro lado.

No sabía en qué trabajaba, a qué se dedicaba. Por mucho que no me crean, tampoco quería saberlo porque de igual forma no me animaba romper nuestro protocolo con lanzarle datos de mi vida. Sin embargo, comenzaba a pensar que Carlos era un maestro de la oratoria, puesto que varias veces para no tener que explicarme nada, moldeaba su tono de voz, cambiaba la cara y claramente le entendía. La vida, su empleo o lo que fuese, le había enseñado aquello, a perfeccionarlo. Y lo único que llegué a preguntarme fue con quién más lo practicaba, quién más le entendía como yo.

Poco tiempo después de atravesar aquel maravilloso escenario bajo el Puente sobre el Lago, llegamos a un precioso hotel. Todo clandestino, como la primera vez. ¿Por alguna razón él necesitaba ese resguardo? Pues, yo también.

Entramos a la habitación y temblé por el frío del aire acondicionado. Él se acercó detrás de mí con su boca muy cerca de mi cuello y su altura, su cuerpo, adaptándose a mi figura.

Uno de sus dedos recorrió lentamente mi brazo derecho en ascendencia, calmando todos mis temblores y sin importarle chocar en contra de la manga a media asta de mi vestido, la cual se encontró a medio camino. Apenas me tocaba, y ya me encontraba demasiado encendida.

—Algunos dicen que si te expones al frío con frío, lo matas.

Cerré los ojos para sentir la fuerza de su voz y sus caricias colmándome toda. Con mi pequeño bolso en mano, maniobré con los botones frontales de mi vestido. Comenzaba a sentir que aquella tela gruesa me ahogaba.

Desabotoné botón a botón y Carlos dio inicio a sus besos en el lateral de mi cuello. Y eventualmente, enterró la palma en mi nuca. Y de repente enredó los dedos en las cerdas de mi cabello… Todos sus toques desde atrás, pero fueron mis pezones y mi vientre quienes los sintieron.

Tomé aire con mucha necesidad cuando entendí que se alejaba un poco de mí para comenzar a desvestirse. Camisa, zapatos fuera, la hebilla de su correa tintineando… Sonidos gloriosos, los amé de inmediato.

Me volteé lanzando el clutch al suelo y me forjé en su boca, famélica, ¡loca! Deseaba desarmarlo de una vez. Cantó un gruñido divino y me tomó en brazos llevándome a la cama. Mi vestido cayendo sobre mis muslos, su pantalón flojo obedeciendo nuestras ganas. Y como por arte de magia, ya la camisa no estaba.

Separé las piernas justo después de que me sacara de mis prendas. Alzándome un poco, hice lo mismo con las suyas quedándonos completamente desnudos. Porque en veloces movimientos, mis sandalias y sus medias se habían ido lejos.

Arreguindada, anclada a su nuca, adueñándome de su cabello negro, se posicionó en mi entrada y me penetró.

—Uff…

—Por Dios…

No supe quién dijo qué, ya no era yo. Solo era un disfrute del mundo, un caramelo endurecido. Enterró su lengua en mi boca con fervor y comenzamos a movernos. Pero de repente y con la respiración acelerada, me miró.

—Exquisita, Olivia… —Sus palabras me hicieron arquear el cuerpo, y mi nombre en sus labios me hizo jadear—. Estás divina.

Ofrecí mis senos, yo era su festín. Abrí más las piernas para que me condimentara, para que le diera más sazón a mi organismo.

Entendió todas mis señales, porque encendió el taladro y no paró, haciéndome vibrar. Su gran cuerpo bien precioso, bien formado, liderando una batalla que parecía no culminar. Colocó las manos debajo de mis muslos y los subió a los suyos para darle al juego más viejo y perfecto del mundo.

Estiré el cuerpo hacia atrás, los brazos sobre mi cabeza con manos sosteniéndose con lo que encontrase. Apretó las carnes de mis caderas y me movió, me folló, me penetró, una y otra vez, sudando, haciéndome sudar, ¡haciéndome gritar!

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