CARLOS.
Yo delante, ella detrás, pero no la soltaba. Su mano la tenía pegada a la mía y sudaba, quizás hasta le dolía, no me importaba nada.
Nos abrí paso entre el bullicio, la arrastré sobre la acera sin tan siquiera reparar en su calzado. Troté con ella hasta mi carro y con un solo toque de botón, abrí su puerta…
—Espera.
La miré con los ojos explayados.
—¡¿Qué?!
Alzó las cejas por mi grito, se soltó de mí casi rebotando y luego de unos segundos de mirarnos, ocultó una sonrisa.
Clavó la vista al suelo. Seguí su mirada, pero no entendí un carrizo. La mujer no decía nada y...