El ruido fuerte de una discusión me hizo levantar pero lo que me espabiló completamente fue el timbre de la voz de esa persona.
Yo la conocía perfectamente.
Sabía a quién pertenecía.
—No puede ser, no puede ser, no puede ser... —comencé a repetir una y otra vez mientras que me levantaba poniéndome las sandalias y un sobretodo a la mano encima que cubría casi toda mi pijama que sólo constaba de una bata rosa bastante corta.
No me importó y abrí la puerta se mi habitación enseguida.
Dos de los hombres de Adriano estaban ahí, probablemente para que no saliera de mi habitación pero fui más rápida que ellas...