Tengo miedo, no lo niego, al salir el taxi aún está esperando, me subo en él y una lágrima cae por mi mejilla.
—¿Señora, se encuentra bien? –pregunta el chofer, yo niego.
—Siento… que me vendí.
—Mientras sea por una buena causa –comenta el hombre y yo sonrió, estoy en el asiento del copiloto.
—Es… para pagarle el tratamiento a mi sobrino –explico.
—Entonces… es una buena causa, que no le importe la opinión de los demás, solo la suya –murmura y sonrio nuevamente.
Al llegar a la clínica, le agradezco al taxista, quien debe tener mas o menos mi edad.
—¡Gracias! –grito mientras me alejo.
Al llegar frente a...