Dos semanas en medio de la histeria eran tiempo suficiente para, por lo menos, dejar de sentir que se me desgarraba el alma, y no es que doliera menos o que hubiera dejado de amarlo, simplemente, estaba demasiado agotada para pensar en cualquier otra cosa que no fueran los niños en medio de la guerra, la pobreza y la hambruna, frente a eso, mi estúpido corazón roto parecía tan superficial como la pérdida de un par de tacones de marca.
El día comenzaba despertándonos a las seis de la mañana, tomábamos desayuno y nos dirigíamos a las “zonas seguras” para poder recibir las cajas y cajas de insumos médicos que...