Odiaba sentirme observada, me recordaba a las largas jornadas de “estudio” con los Larent, incluso ahora, casi veinte años después, seguía molestándome de la misma forma. Detestaba aún más, ser consciente de la figura de aquel hombre en la galería, jamás habría pensado volver a verlo… Cárter Johnson… Cárter… Su nombre sonaba varonil, e incluso desde mi posición había visto aquella sonrisa arrogante una vez más desde aquella noche en Luanda. Esa maldita sonrisa mientras me llevaba a mi propio exta…
—Oh, vaya…— susurré al volver a mis pensamientos, había estado operando casi en piloto automático…¡Lizbeth!… quería gruñirme a mí misma, el proceso había sido perfecto por supuesto, pero no era propio de mí hacer una operación a pulmón abierto en piloto automático, era irresponsable y arruinaba la diversión.
—Doctora… es usted un genio, ¿podría tomarme como su pupila?— ahora estaba enojada, si hubiera puesto atención habría aprendido algo nuevo sobre mí misma y mi técnica quirúrgica.
—Perfecta cirugía Doctora Anderson— Richard desde el intercomunicador— ¡sus habilidades no dejan de crecer! —me alabo el jefe de cirugía, todo esto era su culpa, suya y la de ese tipo que gustaba de meterse en el espacio personal del resto. — ¿Algún consejo que pueda darle a los residentes? — me giré hacia ellos.
—Sí. Menos política y más quirófano —dije en un tono seco, escuché al resto del equipo médico aguantar la respiración… ¿Había sido algo que dije? —un cirujano no es solo cirujano por obtener el título, se necesita sostener el escalpelo o se pierde la práctica… ¿No Rivera? — dije finalmente y me alejé de la mesa. — Doctora Wilson usted cierra. — señalé a la residente de último año y me quité la bata de un jalón y salí de la sala de quirófano echando humo. —Estúpida política. — Gruñí para mí misma y tome mi bata colgada en él percho justo afuera de la sala, me la coloqué y dándome media vuelta para dirigirme a Urgencias, tenía el turno completo aquella tarde, dos horas de quirófano, luego diez consultas, dos cirugías más y finalmente podría ir a casa. Con algo de suerte, no tendría que cruzarme con quién se suponía, sería aventura de una sola noche.
Pase las primeras dos horas en urgencias, mi triple especialidad significaba un ahorro de personal importante cuando tomaba turno en urgencias, es irónico como el círculo de doctores muestra alivio cuando ve mi nombre en la pizarra de organización, pero aun así, nadie hace el mínimo esfuerzo por interactuar más, no es que me moleste del todo o al menos no tanto, Ava, mi enfermera, era una mujer dulce y sus manos rápidas siempre estaban atentas a mis movimientos en el quirófano, sabe exactamente qué artículo voy a pedir a continuación, se preocupa por mí y me trata como a una niña, es... Cálido, pero de vez en cuando, me gustaría tener a alguien para conversar en la hora de almuerzo, Caroline trabaja en un hospital privado de cardiología infantil en New York, así que, era algo complejo juntarnos luego del horario laboral, yo no volvería a esa ciudad ni por la mejor oferta laboral.
El doctor Smith era el único que siempre se mostraba a gusto conmigo, pero era algo invasivo en mi espacio personal y eso me era incomodo y del mal gusto.
—Salbutamol y corticoides por las próximas dos horas, conéctelo al oxígeno y esperemos la evolución para entonces, si no hay mejoría que sea ingresado y pase a medicina interna — indiqué a la residente de último año que tomaba nota apresuradamente, Ava mi dio una mirada crítica desde atrás de la chica y no pude evitar la mueca —¿tienes alguna duda que desees hacer?— pregunté finalmente, Ava siempre me empujaba a ser más amable y considerada con los residentes.
A la doctora Wilson se le iluminó el rostro.
—¡Sí! - exclamó animada. —¿Cómo logró generar los puntos de la cirugía tan rápido? Y ¿Me tomaría como su pupila? Este es mi último año, necesito encontrar un mentor
—Es la misma respuesta que te di en quirófano, la práctica siempre vence al talento, práctica, consigue un set quirúrgico y sigue practicando incluso en tus ratos libres, y no tomo pupilos, no tengo tiempo para poder dedicarte como es necesario. — dije de forma tajante— si aparece alguna urgencia, me llamas al localizador. Estaré en mi oficina. — dije finalmente y salí del edificio de urgencias con Ava a mi lado, la residente parecía apenada, pero aceptó sin chistar.
Tomamos el ascensor a las oficinas en el tercer piso.
—Deberías tomar algún pupilo, todos los años los chicos intentan que sea su mentora — Dijo Ava.— vendría bien una mano extra.
Yo negué con la cabeza
—Ser mentora es un compromiso muy grande, hay que darle tiempo a los chicos para entrenarlos, soy exigente y estricta… Además, tengo tres investigaciones en curso, un departamento... —Ava río negando con la cabeza y yo la miré.
—Usted de excepcional Doctora Anderson…Lizy…— uso aquel apelativo cariñoso que usaba solo cuando estábamos las dos— a mí me parece que no tendría problemas con un pupilo, de hecho serías una excelente mentora, pero lo que realmente sucede es que te asusta que se acerquen demasiado…
—Sabes como soy… —interrumpí
—todos tenemos mañas y manías Lizy, y eso no nos hace menos valiosos. — me reprendió cariñosamente la mujer cercana a los cincuenta. Yo solo suspiré y negué con la cabeza, baje cuando las puertas se abrieron en el tercer piso, noté que Ava no bajó.
—¿No vienes? —pregunté
—Voy por sus informes postoperatorios doctora.— me dijo y yo asentí antes de darme media vuelta y dirigirme a mi oficina, aprovecharía el tiempo para ordenar, me había incorporado recién aquel día y no había tenido tiempo de abrir las cajas y dejar los libros en la repisa de la oficina. Pude sentir la mueca en mi rostro cuando a dos metros de mi nueva oficina, noté la puerta abierta.
Estaba segura de haberla dejado cerrada.
Empujé y entré, por supuesto tenía que saber que la mala suerte me persiguía, sentí un irregular palpitar en mi pecho al ver la imponente figura de aquel hombre… Carter… me recordé, él estaba de pie en medio del espacio. De espaldas a mí y miraba con las manos en los bolsillos del pantalón los cuadros de mis títulos universitarios en la pared.
—La puerta estaba cerrada.— fue lo primero que dije. Y no había sido una pregunta. Él se dio vuelta al escuchar mi voz y apreté la mandíbula del azote emocional que significó recibir su sonrisa torcida… decidí que era increíblemente atractivo de una forma muy … Varonil.
—Lo estaba —me aseguró— toque varias veces, pero como nadie contestó entre. —tenía que estar de broma.
—si la puerta está cerrada, y no hay nadie, se considera de mala educación entrar a husmear en el espacio ajeno sin permiso. — señalé comenzando a molestarme. Si la puerta estaba cerrada. Era por qué la quería cerrada. ¿Por qué cojones se tenía que venir a meter con mi espacio privado?
Él se detuvo unos segundos a sopesar mis palabras, sin eliminar aquella sonrisa torcida en el rostro o la diversión de sus ojos. Me irritaba. Debí dejarlo morir desangrado en Luanda.
—Es probable, pero dado que esta oficina no es un espacio ajeno para mí, tu argumento no es válido. — dijo el sujeto y yo estaba a un minuto de hiperventilar.
—¿De qué hablas?— pregunté, necesitaba respuestas, no podía trabajar en un lugar donde no tuviera mi propio espacio, mucho menos uno donde tuviera visitas inadecuadas e indeseadas en cualquier momento y sin previo aviso, aquello estaba fuera de cuestión.
—Soy dueño del hospital, en un 51% por ciento, así que técnicamente esto es mío.— dijo y mantuvo su expresión, yo entendí la lógica. Metí mis manos en los bolsillos de la bata para que no se notase que comenzaban a temblar.
—¿Hablas en serio?— pregunté dejándome ser incrédula por un segundo.
—Oh muy en serio, por ello será mejor que se acostumbre a mí.— dijo y eso fue todo, baje la mirada, sentía mi pulso desbocado en la garganta. Me di media vuelta para salir de la oficina, él que se había acercado a mí mientras hablaba me agarró de la muñeca.— ¿A dónde vas? — preguntó y yo me solté de su agarre como si quemara, en realidad quemaba, o al menos la sensación era la misma.
—¡No me toques!— estaba gritando, mis manos temblando a mis lados, lleve una mano a mi garganta. Sentía mi respiración entrecortada. En mis oídos persistía un pitillo. — voy… voy… A … Voy a renunciar… —logre articular, mi cara de pánico debía ser impresionante, por qué lo vi tratar de acercarse a mí, sus labios entreabiertos, sus ojos bien abiertos, su expresión era contrariada, atenta… estaba preocupado, concluí. Di dos pasos atrás alejándome más de él cuando trató de acercarse. Mi espalda chocó con la pared junto a la puerta.
—¡¡Oh Dios mío Lizy!!— la voz de Ava me llenó los oídos bajo el pitillo —¡¿Qué ha hecho?!— preguntó, mi cabeza daba vueltas, apenas podía escucharle bajo el pitillo, mis piernas no sostenían mi peso, empecé a deslizarme por la pared, pesados … Los párpados eran tan pesados.—¡Fuera! —fue lo último que escuché antes de que todo se volviera negro.