Chapter 5 Tú. Carter

Chapter 5 Tú. Carter

Dos semanas, dos malditas semanas desde que había tenido aquella mágica noche junto a mi bella doctora, la muy cabrona me visitaba en mis sueños, todas las malditas noches soñaba con sus labios, la textura de su cabello rubio lacio entre mis dedos, sus pezones marcados debajo de la camiseta y la textura de su carne. Me tenía enfermo… y jodidamente frustrado, todos los días amanecía duro como piedra y ninguna amante generosa podía borrarme su perfecto recuerdo. El sonido de sus gemidos ahogados me penaban cada vez que me dormía y antes de despertar. Por otro lado, los contactos de William en la ONU habían sido inútiles, se negaban a entregar cualquier información personal del equipo médico. Y para colmo, el trabajo en el hospital general de San Francisco era una mierda. La directiva constaba de seis personas, un gerente financiero, una abogada encargada del área legal y yo, los otros tres eran parte del equipo médico, el jefe de cirugía, el jefe de medicina interna y el jefe de educación médica. Una maldita causa perdida, cada vez me costaba más no imponer mi autoridad, por qué a pesar de que ellos formaban parte de la directiva como socios, yo poseía el 51% de las acciones del hospital podía simplemente imponer mi voluntad cómo se me viniera en gana y sabía que Kate, la encargada del equipo legal y Jim nuestro gerente financiero esperaban que lo hiciera, pero no era lo que buscaba, quería conocer a fondo la situación en el hospital, pero los malditos doctores no me lo estaban poniendo fácil, se negaban a generar cortes sobre sus departamentos y solicitaban nuevas contrataciones.

—¡Es suficiente! —exclamé acallando de una vez el griterío entre la parte administrativa y el equipo médico, apreté mis sienes, cansado, y cerré mis ojos unos segundos, cada vez que lo hacía podía ver su rostro sobre el mío, su cabello lacio y rubio caer como pared alrededor de nuestras caras. —Jim el informe — pedí exhalando el aire y estiré mi mano, el gerente me lo dio.

—Doctor Richard Rivera, usted es el jefe de cirugía— señalé, el hombre pasados los cincuenta, se enderezó en su asiento y asintió con la cabeza. — su área es la que genera mayor flujo de entradas y salidas, pero estuve revisando las características de los contratos de varios cirujanos que me parecen simplemente...Irrisorias. — señalé

—Le aseguro que a mí también me dan la misma impresión, pero es necesario.— dijo el hombre con un deje de diversión, yo estaba lo suficientemente harto y frustrado para que no me hiciera, absolutamente, ninguna gracia.

—Aja. Entonces, ¿por qué al doctor Thomas le cambiamos el coche anualmente?, — pregunté.

—Recibió una oferta del hospital central, era eso o duplicar el salario mensual. — un puto chiste… eso debía ser, le miré como si me estuviera haciendo una broma —yo averigüé la oferta, señor, — dijo ahora con mayor seriedad— es el mejor Cardio cirujano del estado, lo que le pagamos no tiene mérito a comparación con lo que él hace. — Explicó.

—¿La doctora Millers? ¿Realmente costeamos quince mil dólares para una especialización intrauterina?— pregunté indignado

—Es una especialidad que solo manejan seis doctores a nivel nacional, veinte en todo el mundo, la cirugía fetal es nueva, a la vanguardia, y con aquel contrato la doctora Millers se compromete a permanecer en este hospital ejerciendo aquella nueva especialidad durante los próximos siete años desde que la termine, aquello será el próximo mes, seremos el único hospital en tres estados a la redonda que posea dicha especialidad, creo que usted comprende el nivel de rentabilidad que impone aquello.— dijo el doctor y tuve que apretar la carpeta para no tirársela en la cabeza.

—¿Y qué me dice de la doctora Lizbeth Anderson? ¿Cómo es posible que sea la nueva jefa de Neurología y esté de vacaciones? ¡Por cuatro semanas!, ¡Su agenda está completa por los próximos seis meses!, Es una perdida de dinero. — señalé. Y el doctor suspiro, como si necesitara fuerzas para seguir explicando algo que al parecer para ellos que se miraron entre sí, era algo muy obvio.

—La doctora Anderson es un genio, ¿vio su edad?— preguntó y yo busqué la ficha de la mujer… Joder… tenía solo veintiocho años.

—¿Es una broma?— pregunté al ver la ficha. — ¿Debería despedirlo por poner a una mujer tan joven en la jefatura?— el doctor río.

—La doctora Anderson se graduó a los veintidós… es la única doctora en ocho estados con tres especializaciones quirúrgicas, Trauma, broncopulmonar y Neuro. — explico y yo tuve que apretar la mandíbula para que no me llegara al suelo,— la cantidad de veces que han tratado de reclutarla para hospitales mucho más grandes produce envidia en cada doctor de este hospital, por alguna razón, ella no quiere dejar San Francisco y sinceramente no voy a cuestionar nuestra suerte, hace el doble y hasta el triple de turnos que cualquiera, porque le gusta estar en cada una de sus especialidades, tiene seis publicaciones en las revistas médicas más importantes y ha liderado cuatro de las diez investigaciones más importantes a nivel neurológico en los últimos años, puede buscar las ganancias de sus investigaciones, ¿el laboratorio de investigación?, Su investigación de neurotransmisores sintéticos fue lo que lo salvó de la quiebra y ahora produce el treinta por ciento de las ganancias— explicó, sus datos eran reales y duros. — es una chica… Singular, no tiene un trato particularmente cariñoso con los pacientes…

—o el mundo …— interrumpió la doctora a su lado y los tres rieron en un chiste interno, pero la expresión de mi rostro los hizo callar…

—Pero como decía— continuó el doctor aclarando su garganta— su permanencia aquí es invaluable y sobre sus vacaciones ella debería incorporarse hoy, si gusta más tarde se la puedo presentar. — dijo finalmente y Cerré el informe hastiado.

—No quiero hacer un recorte a ciegas y arruinar algo bueno— dije finalmente resignado,— pero si no cooperan lo haré. Espero un informe de la situación financiera de cada departamento para la próxima semana, es suficiente por hoy. — dije finalmente y comenzaron a levantarse — Doctor Rivera, después de las tres, lo veré en el área quirúrgica, quiero conocer a los jefes de departamento.— dije finalmente.

—Por supuesto señor. Lo estaremos esperando. — dijo finalmente el hombre antes de marcharse. Quedé solo en la sala de reuniones, solo con un montón de trabajo y una enorme frustración sexual.

Pasadas las tres de la tarde, bajé de mi oficina hasta el tercer piso donde estaban las oficinas de los jefes de departamentos, al salir del ascensor Rivera me esperaba. Intercambiamos un saludo y comenzó a guiarme por los pasillos, me mostró las oficinas, la estación de enfermeras, cada una de las jefaturas contaba con una enfermera predilecta, con ellas tenían el lujo de operar más a gusto, a mí me seguía pareciendo irrisorio, las enfermeras se presentaron y luego fuimos a la sala de reuniones del piso, conocí a cada uno de los cirujanos… Algunos se veían fatal, como si no hubieran dormido en semanas.

—¿Están bien?— no pude evitar preguntar.

—Salimos de guardia, — explicó uno que bebía su taza de café, varios estaban con sus trajes quirúrgicos debajo de las batas.

—Los cirujanos en este hospital lo dan todo, por lo general hacen más turnos de los que les corresponde y no dudan en volver al hospital si es un caso de gravedad, incluso cuando no están de guardia - comentó Rivera.

—No le crea, solo estamos aquí por el dinero, Rivera lo hace ver demasiado romántico— se burló uno, quien conocí como el doctor Smith, jefe de Trauma, debíamos tener la misma edad. Todos rieron e incluso yo sentí que mi ánimo se aliviaba un poco.

—por cierto… ¿Y su niña genio?— pregunté cruzando los brazos sobre el pecho.

—¿Dónde más podría estar?— preguntó la doctora Millers en un suspiro de resignación.

—No sé cómo lo hace … Estoy seguro de que no es humana.— contestó Thomas. Negando con la cabeza antes de volver a su café,

—Es la pasión, es tan hermosa como eficiente y genial — dijo Smith simulando un suspiro enamorado. Reí levemente.

—La llevaré con ella. — dijo resignado Rivera, después de despedirnos de los doctores, me guío al cuarto piso donde estaban los pabellones, subimos hasta la galera de uno de los quirofanos, la doctora que usaba la primera posición, se veía que hablaba mientras señalaba lo que hacía en el cerebro del paciente inconsciente, dos chicos que, debían ser residentes, ponían atención a lo que ella decía mientras trabajaba.

—¿Podemos escuchar lo que dicen?— pregunté

—Sí, deme un minuto, la doctora Anderson es particularmente quisquillosa con su quirófano.— hice una mueca, se acercó al citófono en la pared.— Doctora Anderson, la esperaba a las tres en la sala de reuniones. — señaló y no pude estar más de acuerdo con su reprimenda. La doctora no detuvo sus manos al escuchar a Rivera.

—Soy cirujana Richard, no política. Eso te lo dejo a ti, — dijo la mujer, su voz… me sonaba particularmente conocida.— además, ¿por qué me interesaría conocer a un comercial? ¿Necesita mi ayuda de neurología para aprender a sumar y restar?— dijo y apreté la mandíbula ante aquel tono altanero, orgulloso, mocosa y caprichosa… y… y… yo conocía ese maldito tono, llevaba días acechándome, sentí mis labios tirar en una sonrisa al entenderlo, al darme cuenta, me acerqué al micrófono y le pedí permiso con un gesto a Rivera, este se hizo a un lado con una expresión divertida.

—Conozco las matemáticas mejor de lo que se imagina doctora, si se hubiera quedado, tal vez podría haberse dado cuenta de que puedo multiplicar cada… Beneficio…— le dije a través del intercomunicador y ella me reconoció, enseguida, lo super porque sus manos se detuvieron a un segundo de haber escuchado mi voz. Casi podía ver los engranajes en su cabeza y aunque debido al ángulo, no podía ver sus ojos, sabía que la sorpresa debía llenarlos. —Doctora Anderson es un placer…

—¿Cuál es tu nombre?— me interrumpió, tuve que morder mis mejillas por dentro para no sonreír, podía apostar con la rapidez que preguntó, que aquella cuestión la había estado carcomiendo al igual que a mí. Mantuve el silencio hasta que levantó la mirada y ahí estaban, los ojos más inusualmente hermosos que había visto en mi vida.

—Carter … Cárter Johnson.— dije sin más. Ella asintió como quien queda conforme y volvió a su cirugía. Cómo si nada hubiera pasado continuó explicando el paso a los internos, yo apague el micrófono, pero dejé el parlante encendido, necesitaba llenarme de su voz, su suave voz, aquella que me había estado penando los últimos catorce días.

—Algo diferente, ¿No?— preguntó Rivera, como quien tantea el terreno en donde va a meterse.

—Los artículos más extraños en esta tierra, Richard, son los más valiosos. — señalé y el hombre a mi lado estuvo de acuerdo

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