Cuando llegamos a lo que parece un albergue, Milo se estaciona y nos pide que esperemos que no va a tardar. Apaga el motor y baja cerrando la puerta tras de sí. Desde mi asiento veo como dos personas que cuidan la entrada al reconocerlo se acercan a él con suma alegría. Como si le conocieran de hace tiempo.
—Es un bonito gesto que traiga comida a los desamparados —comenta mi mamá.
Omito mi opinión, pero mi padre la secunda y comienzan a charlar de si ellos también debiesen hacerlo.
Al cabo de un cuarto de hora, Milo vuelve. Subiéndose a la camioneta se disculpa, yo no le hago caso,...