—Está bien, si nadie piensa hablar, lo respeto. Sin embargo, no me gusta que, si algo está pasando en mi compañía, o si alguien está abusando de su autoridad frente a mis narices, nadie me diga nada.
—¡Amor, ya estoy aquí! —la voz de Maya se oye fuera de la sala. Maldita sea, no es un buen momento—. No hay nadie aquí, Amy.
La respuesta de mi asistente se escucha y yo solo me preparo mentalmente para el torbellino que viene sobre mí, genial. Por inercia me sobo el puente de la nariz en espera de que abra la puerta con ese ímpetu que siempre se carga.
—Buenos días, Maya...