—Tranquila princesa, soy yo —dijo Alberto al oído de Daniela para calmar su sorpresa.
— ¡Dios bendito! Me asustaste, ¿Cómo te atreves? Voy a patear tu horroroso trasero cuando estemos en casa —respondió ella mientras trataba de separarse un poco de sus manos que más bien parecían tentáculos.
Era consiente que todas las miradas estaban enfocadas en ellos en estos momentos y no quería perder la poca libertad que tenía con sus padres.
—Vine al rescate de la damisela y me maltrata, eso no es justo, por lo menos me merezco una mejor recompensa que esta —dijo Alberto sin soltarla.
— ¿Recompensa? No me hagas reír porque se me arruga...