Mientras aún lloraba en el viejo banco, una figura familiar se me acercó; traté de ocultar mis lágrimas, pestañeando y presionando mis ojos con la punta de mis dedos. El Alfa se aclaró la garganta, su mirada clavada en mí. ¿Acaso él había visto mis lágrimas? Ojalá que no.
"Rose", masculló él, su voz apenas por encima de un susurro. Se inclinó hacia adelante y preguntó: "¿Qué sucedió? ¿Estás bien?".
No sabía cómo responder, me sentí paralizada pues todavía luchaba por dar sentido a mis emociones; una parte mía se sentía como si a propósito hubiera sido arrojada a aguas profundas y desde allí tratara de patalear y agitar los...