Al despertar, mi mirada se dirigió hacia los cristales de la ventana del dormitorio, envuelto en la oscuridad. Pesadas gotas de lluvia golpeaban los cristales en rápida sucesión, ahogando con su crepitar el tictac del reloj. Decidí permitirle a mi cuerpo unos minutos más entre las sábanas, estirando con languidez mis extremidades que habían comenzado a dolerme. Hice una mueca en mis labios pensando que sin duda los guardias se habrían ido ya.
Aiden había insistido en que, luego de los recientes ataques, los guardias me acompañaran de regreso a casa. Por otra parte, no podía culparlo por preocuparse, luego de lo sucedido con Ann. Bastó con pensar en ella...