Me desperté con una sonrisa radiante, salí en silencio del dormitorio y eché un vistazo al cuarto de Aiden; la puerta seguía cerrada, seguramente todavía dormía. La noche anterior se había quedado dormido en el sofá, estaba en verdad exhausto. Fui directo hacia la cocina y noté que había migas de galletas sobre la mesa del comedor, así que las limpié y luego me dispuse a lavar los platos sucios apilados en el fregadero.
El sosiego era total, aparte del chorro de agua que salía del grifo y del tintineo de las tazas mientras las lavaba, no se oía más nada. Odiaba el silencio sepulcral que se apoderaba a menudo...