Seguí observando mientras pasábamos los edificios, con las manos juntas y mi rostro estoico e inexpresivo. Lo que había vivido en ese callejón parecía una pesadilla hecha realidad: los pícaros persiguiéndome y tratando de raptarme. Entonces se formó un nudo en mi garganta y se me hizo difícil tragar mientras trataba de mantener mi respiración uniforme. Además, mi omega temblaba internamente, el miedo se apoderaba de mis entrañas y mis dedos se apretaban.
En ese momento hubiera dado todo lo que tenía y más para detenerlos, borrar todo lo malo que me había pasado, pero, muy profundamente en mi interior algo comenzó a hervir de ira e impotencia. Eran tan...