El beso vino de la nada, mis pulmones se vaciaron de aire y mi cuerpo se arqueó hacia él. Aiden tenía sabor amargo, como el color de la rabia y el enojo. Avanzaba con ferocidad y necesidad, como si quisiera calmar ese molesto deseo que lo estaba atormentando. No pude evitar sentir sus labios, húmedos y suaves, que me envolvían por completo como si quisieran poseerme con un solo beso.
Entonces, Aiden me tomó por la cintura con firmeza y, sin su permiso, mis manos envolvieron su cuello. Mi espalda estaba presionada contra la pared, mi muslo derecho levantado y envolvía sus caderas, y nuestras pelvis se rozaban. El calor...