—Dios, eres igual que mamá. A ver, primero, no estoy hechizada y segundo, no estás volviéndote loco. Así que, es un ganar—ganar. —Se ríe, haciendo una broma mientras yo fruncía el ceño, sin entender la gracia. —Te prometo que te lo explicaré todo, pero por ahora necesitas dormir porque tu cerebro está un poco sobrecargado y no quiero que tu cara tan bonita termine llena de arrugas por el estrés, ni quiero ver esas ojeras. Así que, acuéstate, cuando despiertes ya habrá comida aquí y yo estaré para explicarte todo. Por favor.
—Lo prometes, ¿verdad? Esto no es un sueño y me lo explicarás mejor cuando despierte. —Asiente.
—Ahora solo...