Ella hizo pucheros, como cuando a una niña le quitan su golosina preferida. Rápidamente él maniobró y Diana quedó de la misma forma, sobre sus rodillas y manos. Pero esa vez con el cuerpo de Ian cubriendo el suyo desde atrás. Tomó sus caderas para besar su hombro y acariciar la espalda con la punta de la nariz.
—Ian... —su voz hecha susurros—, por favor... no me hagas esperar.
Se inclinó de nuevo para besar su cuello y mordisquear el lóbulo de la oreja.
—Está bien nena, lo solucionaré —su voz cada vez más gutural.
Con una de sus manos acarició los pliegues húmedos, y resbaladizos del sexo de Diana....