Él caminó hasta la cama, y se metió en ella sin importar las palabras anteriores. La agarró del brazo y se acomodó detrás de ella en posición cucharita.
«¡Esto se siente tan bien!», pensó él.
«Quisiera quedarme así para siempre en tus brazos», pensó Diana.
Sin embargo; se removió un poco. Se aclaró la garganta y con voz muy tímida le hizo saber.
—Ian por favor. Así no podré dormir.
Él chasqueó los dientes.
—Quiero creer que son las hormonas del embarazo las que te tienen, así —se volteó y colocó sus manos detrás de la cabeza mirando el blanco techo. Suspiró—. Recuerdo que fueron muchas las noches que dormimos...