Se supone que Edward, como el soldado que fue, estaba preparado para todo. Quizás era el tiempo fuera de las fuerzas, lo que lo hizo sentir de ese modo. Lo cierto era que por segunda vez en el día, y con diferencia de escasos minutos, Alina volvía a sorprenderlo, y a dejarlo sin palabras.
En aquella mujer, lo que le faltaba de tamaño, le sobraba de encanto. Aquellas curvas bien formadas, con las carnes en donde deberían estar. Los firmes pechos redondeados con los pezones rosados le hicieron agua la boca por probarlos, y al bajar la mirada hasta su feminidad, desprovista de vello. Sintió de golpe un calor, que...