-¿Qué? -Me aparto con brusquedad-. ¡¿Acaso enloqueciste?! ¡¿Por quién me tomas?! -Beatriz no parece nerviosa ni escandalizada por mi reacción-. Sé quién es solo por los negocios de Google y notas periodísticas -miento con firmeza para que no sepa que lo conozco en persona.
Así no podrá tomar ventaja de la situación.
Me escruta un instante pensativa y lleva los dedos por debajo del mentón.
-Bien. Buenas noches.
Y sin decir más nada, se marcha.
Miro la puerta.
-Buenas noches para ti también, mamá.
El viento frío me embiste en el rostro. Son las dos de la mañana y la madrugada ha llegado con un posible chaparrón que se aproxima en el cielo con sus nubes pesadas y amarronadas. Salgo por la puerta trasera de Zinza y bajo los escalones luego de despedirme de Daniel, el de seguridad.
Salgo del callejón y me detengo en seco.
Matt Voelklein está pegado a la parte delantera de su Ram 1500 negra con las piernas y los brazos cruzados al otro lado de la calle, la cual está sorpresivamente desierta.
Ni un alma se escucha.
Tiene un aire relajado y sin tensión alguna.
Me regala una mueca similar a una sonrisa de labios cerrados.
Nuestros ojos se encuentran una vez más.
Me ha esperado.
***
Me acerco a él con paso dudoso, como si realmente me causara nerviosismo tenerlo tan cerca.
¿Qué demonios hace aquí? ¿Acaso me ha esperado toda la noche? Una punzada de esperanza me irradia el pecho. Quiero ocultar la sonrisa que ha florecido en mis labios, pero es inútil. Verlo me causa tanta sorpresa como felicidad.
-¿Qué hace aquí, señor Voelklein? -me atrevo a preguntarle.
Me cruzo de brazos una vez que llego frente a él.
Me abrazo a mi abrigo, curiosa.
Él se incorpora sin dejar de sonreírme, rodea el coche y se posiciona frente a la puerta del conductor.
-¿Acaso creía que iba a dejarla sola por si aquel hombre ebrio que se atrevió a insultarla decidía aparecer otra vez? No iba a permitirlo, señorita Steele -expresa con una seguridad inquietante-. Vamos, la llevaré al hotel.
-¿Qué?
-Mañana es domingo. Bueno, ya pasan de las doce, así que ya es domingo. Supongo que usted no trabaja este día, ¿o sí?
-No, no trabajo, señor Voelklein.
-Yo estoy libre y usted también, de modo que ¿qué le parece si hacemos un relato en la mañana? -me ofrece como si se tratara de una gran propuesta laboral.
No voy a decirle que no, es mi oportunidad de progresar como escritora y he esperado este encuentro hace ya mucho tiempo. Ansiaba saber con qué me sorprendería el hombre más guapo que vi desde que estoy en California.
-Sí, por supuesto -acepto mientras chillo por dentro.
-Suba a la camioneta -ordena.
Abro la puerta de su coche y subo.
El olor a auto nuevo, a cuero tapizado con exactitud, inunda mis fosas nasales. Las luces del interior se prenden apenas abrimos las puertas. Dios, incluso cuando me siento el asiento es cómodo. Los interiores de la Ram inician con una pantalla de 12 pulgadas que domina el panel de instrumentos. Echo la cabeza hacia atrás en el cabezal, cierro los ojos un instante y dejo mi bolso en mi regazo.
Cierro la puerta y ya estoy dentro del coche de Matt Voelklein.
Estoy emocionada, aunque no lo demuestro porque estoy tan agotada por el baile. Mis brazos se sienten algo entumecidos porque he sostenido mi propio peso en la barra.
Escucho su portazo. Ya está dentro conmigo.
Abro los ojos y lo encuentro mirándome.
Me ruborizo.
-No sabía que bailaba pole dance -confiesa.
No tiene aún la intención de poner en marcha el coche.
-Tampoco sabía que asistías a clubes nocturnos -contraataco.
Ni siquiera sé por qué se lo digo con cierto recelo.
Levanta las cejas sorprendido.
-Es la primera vez que asisto a uno. Quería un sitio tranquilo para beber algo y para esconderme del mundo por un rato.
-No tienes por qué darme explicaciones. -Me río.
-No quiero que piense que soy esa clase de hombre.
-¿Y qué clase de hombre es usted? -indago.
Sonríe y desvía la mirada.
-Yo le hice exactamente la misma pregunta y no respondió, ¿lo recuerda? -cuestiona en tono burlón.
Tiene razón.
Él me preguntó qué clase de hombre era cuando intenté defenderme de aquel mensaje que envié por error.
Dios, cada vez que recuerdo lo que hice me dan ganas de viajar al pasado y golpear en la cara a la Amy borracha.
-Está bien, está en su derecho en no responder. -Agacho la mirada hacia mi bolso-. ¿Por qué decide llevarme exactamente a un hotel? ¿Usted no tiene casa propia?
Incómodo, se remueve sobre el asiento y enciende el coche, el cual ruje con potencia.
Interesante carro.
-Sí la tengo, pero supongo que usted se sentirá más cómoda en uno de mis hoteles, en donde podrán servirle lo que usted desee a la hora que quiera. -Me mira directo a los ojos con cierta intensidad que me provoca un cosquilleo en el vientre-. Quiero ofrecerle todas las comodidades.
-¿Dijo «mis hoteles»?
Entonces mi madre tenía razón.
-Soy dueño de una cadena hotelera, señorita Steele.
Pone en marcha el coche y salimos de la calle de Zinza.
Me quedo muda. Creo que siento reseca la boca y estoy algo mareada. Estoy tan sorprendida que no soy capaz de articular palabra alguna.
-No estaba enterado de ello -miento en un susurro-. Lo felicito, señor Voelklein. Es usted tan joven que realmente me ha sorprendido.
Con los labios apretados, sonríe, pero creo que se ha puesto tenso.
Doblamos la calle y nos metemos en la calle central de Santa Mónica, donde agradezco que no haya tráfico. Hay personas que caminan por la playa en bikini y algunos están siendo partícipes de fiestas en la arena con bebidas en sus manos. Estoy tan enamorada de la playa que olvido por completo mi razón por la que estoy fuera un sábado por la noche.
-¿Baila hace tiempo?
Su pregunta rompe el silencio.
-Desde los doce años. Es mi pasión, es mi cable a tierra y es hermoso lo que hago, pero... -mi voz se apaga- no en donde lo hago.
-¿No ha sido una elección suya bailar en aquel club? -Se pone en estado de alerta y parece escandalizado.
Niego con la cabeza y miro a través de la ventana.
-Mi madre, Beatriz, es dueña de Zinza -suelto con voz queda-, y todos los sábados debo bailar para generarle clientela. Es un trato que tengo con ella.
-¿Por qué sigue en un lugar que no le gusta? ¿Ha intentado negarse?
Está indignado con mi situación.
-Estoy en ese sitio para que ninguna bailarina la pase mal, señor Voelklein -me limito a decir-. Yo pongo orden si bailo para ella y las protejo.
-¿De qué las protege con exactitud? -Me echa un vistazo y luego vuelve la mirada hacia la carretera.
-¿Podemos cambiar de tema, por favor? -le pido. Suena más a una súplica.
-¿Tiene miedo de que sean prostituidas?
Palidezco y trago con fuerza.
Mis manos tiemblan un poco y mi corazón se dispara, provocándome una horrible taquicardia.
-Tomaré su silencio como una afirmación. Créeme que estoy muy cabreado porque no quiero que salgas lastimada, Amy.
Las venas de sus manos se marcan, ya que aprieta el volante con fuerza.
¿Dejó de tutearme? ¿Acaso acaba de dejar la formalidad a un lado? Dios mío.
-No pasará nada si sigo bailando para ella -aclaro con temor. No quiero que tome alguna medida que pueda poner en peligro a las bailarinas-. Ella no ha intentado llevar a cabo ese plan, pero me lo ha dejado en claro. Si yo me voy de Zinza, lo hará. Sé que lo hará.
-¿Amas a tu madre? -inquiere con brusquedad.
Sus ojos cabreados siguen fijos en la carretera.
-No, ni siquiera puedo llamarla madre -contesto con recelo, dolida-. Fui criada por mis abuelos maternos en Nueva York. Ambos fallecieron hace años. Después fui enviada de nuevo con ella a los quince años porque era mi tutora legal. Nunca supe de ella hasta que ellos murieron. ¿Sabe? Mis abuelos fueron mis verdaderos padres. Beatriz me abandonó y se hizo cargo de mí luego de saber que no le quedaba de otra. Además, me acogió porque descubrió mi habilidad en el baile.
Me escucha con atención, asiente con aire profesional y no me interrumpe en ningún momento, aunque sé que está muy enojado.
El silencio se establece entre los dos mientras avanzamos por la carretera.
-No sabía qué tanto dolor puede ocultarse en un alma tan pura -murmura.
Sus palabras son una caricia entre tanta oscuridad que hay en mi vida.
Estaciona y se desvía un poco hasta quedar a la orilla de la acera. No sé por qué lo hace, y eso me tiene algo confundida. Saca el celular del bolsillo delantero de su pantalón y busca un número en sus contactos. No me atrevo a preguntarle a quién llamará a estas horas de la noche.
Se lleva el celular a la oreja con la mirada al frente, con la mandíbula tensa y con una decisión que desconozco.
-Jeremy, hola -saluda de repente y con una energía autoritaria-. Estoy interesado en un sitio. Sí, es una buena inversión. El sitio se llama Zinza, es un club nocturno. Está ubicado en la calle Madelain al tres mil trecientos. Sí, cómpralo, no importa el costo. Necesito tenerlo en cuanto antes. Sí. No. No. Buenas noches.
Petrificada, lo contemplo con los ojos bien abiertos.
-¿Qué acaba de hacer? -balbuceo perpleja y mi voz sube dos octavas.
Guarda el móvil y me dirige toda su atención.
-Comprando su libertad, señorita Steele.