—Ay, Dios mío, Seila. —Mía se puso la mano en el pecho y se apoyó contra
la puerta—. ¿A qué ha venido eso?
—Quería hablar contigo —dijo Seila.
Le había dado la vuelta a la silla de su padre, de modo que quedara de frente a la
entrada, y estaba sentada allí de brazos cruzados. Su largo cabello oscuro estaba
recogido en un moño descuidado, y tenía puestos los pantalones de su pijama rosa,
viejo y raído, lo que en realidad echaba por tierra su pose autoritaria.
—No hacía falta que te escondieras en la oscuridad como una zumbada. —
Mía señaló la lámpara que se hallaba en la mesa,...