Amelía no se sentía inquieta realmente, sabía que su gente le era leal, principalmente por miedo, pero leal al fin y al cabo, aun así, la mirada dura del “amante” la tenía un poco molesta.
—Señor Meliak, ¿A qué se debe su presencia en mi casa?— Preguntó el abuelo Campbell, poniéndose de pie para caminar a paso firme, apoyado en su bastón. Aiden tenía apretada la mandíbula, su fuerte vena posesiva ladraba por romperle la cara al hijo de puta que se había atrevido a acercarse a su mujer, tantas veces, a sus espaldas.
—Vengo hasta aquí porque se me ha incriminado de un acto desvergonzado, cuando he preguntado donde...