Parecía que, pese a todo, no encontraría paz en aquella casa o en la compañía de su presunto esposo. A la mañana siguiente de aquella discusión por la tarde en la oficina de Aiden, él apareció cuando ella se servía su café matutino, ya se había vestido y estaba lista para salir. A los ojos de él se veía simplemente radiante, hermosa y elegante, enfundada en aquel vestido de corte lápiz que terminaba generosamente sobre sus rodillas, unos tacones altos que destacaban aquellas preciosas piernas que atormentaban sus sueños y su larga melena, seda negra en una coleta, dejando apreciar sus delicados hombros y cuello. Sus pensamientos solo le causaban...