Hanna
Adormilada, me forcé a abrir los párpados a la luz fluorescente matutina que inundaba mi habitación. Como no cerré las ventanas en toda la noche, el caótico canto de los pájaros y el aire fresco de la mañana llenaron mi cuarto de vida.
De pronto, escuché a alguien susurrando y me di cuenta de que había alguien en la habitación conmigo, aunque parecía ser más de una persona.
Así, mi olfato se agudizó para intentar identificar de quiénes se trataba, pues mis ojos todavía no se abrían del todo. Luego, forcé a mi perezoso cuerpo a sentarse derecha y miré a los intrusos con mi desliñado rostro matutino.
“Deberías...