Izan
Me quedé mirándome al espejo del hotel en silencio. Me encontré con los chicos, Pedro, Jon y Luis, en el salón de baile. El lugar era inmenso y las puertas estaban abiertas de par en par con una salida a las piscinas. Estaba decorado con múltiples arañas de cristal que reflejaban la luz como si fueran un prisma y el color del baile era blanco con dorado. No debía haber venido, pero mi padre no me dejó ninguna opción.
Sara era el amor de mi vida, la había querido desde que éramos niños y recién había tenido el valor de acercármele cuando estábamos en secundaria. Me sorprendí bastante cuando aceptó salir conmigo y me prometí que siempre la atesoraría como el tesoro más preciado. Tenía mucha suerte porque ella era perfecta. Era apasionada ayudando a otros y podía ver que era su vocación cuando asistía a su madre en la clínica. Sabía que me extrañaba porque era mutuo.
Me había ido meses a entrenar en otras manadas junto con el Gamma y su subalterno. Cada candidato a guerrero elite tenía que ayudarlo además de demostrar que tenía todas las habilidades necesarias para llevar a cabo cada misión con éxito, después de todo, estaríamos representando al Alfa de los Alfas y éramos una manada orgullosa.
Sabía que era uno de los mejores candidatos pues me había asegurado de resaltar en cada una de las pruebas. Sara me apoyaba incondicionalmente, siempre había creído en mis sueños y me levantaba el ánimo cuando dudada de mí mismo. Ella había sido la mujer con la que siempre había soñado.
Había estado buscando alguna propiedad desde unas semanas porque quería conseguir una casa o departamento para nosotros. Mis padres habían querido que me dedicara a ser un ingeniero como mi padre, pero defender a mis seres queridos era mi verdadero llamado. Mi abuela había sido asesinada por unos lobos sin manada y quería evitar que cualquier amenaza afectara a mi familia de nuevo. Estos lobos habían matado a muchos antes, especialmente durante la gran guerra, así que proteger a mis seres queridos era mi máxima prioridad.
Mientras me servía un poco de ponche, creí ver a la mejor amiga de Sara a lo lejos, así que escondí por las dudas. No tenía la paciencia para conversar con ella y estaba seguro de que no se me despegaría en toda la noche, así que mejor era prevenir. Estaba seguro de que la pasaría bien de todas maneras porque era fácil de hacer amigos y no quería que le contara a Sara sobre mi participación en el baile.
Sara solamente se preocuparía y no tenía otra forma de explicarle que mi padre me había obligado. No había podido decirle que no.
—¡Algunas chicas están bien bonitas! —exclamó Luis con emoción mientras dejaba escapar un silbido. Aunque su actitud fuera llamativa, la verdad era que era el más tímido del grupo, no haría nada.
—Vamos, conversemos con más personas —pidió Pedro antes de jalar a Jon consigo para hablar con una chica. Me quedé con Luis.
Yo estaba seguro del camino que había elegido. Como uno de los élite, el Alfa supervisaba nuestro entrenamiento una vez a la semana y los guerreros nos ayudaban cuando lo necesitábamos y nosotros en su lugar ayudábamos al Gamma cuando él lo necesitaba. Eventualmente nos asignarían un equipo para nuestra supervisión y operaríamos bajo el comando del Gamma quien todavía no había encontrado a su compañera y ni siquiera se había aparecido.
No quería encontrar a la mía porque tenía a mi novia esperándome y habíamos quedado en que rechazaríamos cualquier vínculo que no fuera nuestra relación. El único problema era que si ella estaba aquí eso significaba que quedaría registrado y los Alfas de ambas manadas lo sabrían.
Los Alfas tenían la habilidad de saber todo sobre sus miembros con solo una mirada gracias a la conexión que teníamos. Además de eso, tenían registros de cada uno de nosotros, por ejemplo, mi padre era el ingeniero encargado de diseñar, construir y mantener cualquier edificación física así como cualquier software. Tenía un equipo a su cargo y también trabajaba con otros países.
Mi mamá, Eliana, era una trabajadora social que ayudaba a los nuevos llegados y se aseguraba de que las omegas y niños no fueran maltratados. Estaba también en el Comité de Integración de Lobos sin Manada.
Mis padres querían a Sara, pero odiaban el concepto de que nos habíamos elegido por sobre el deseo del destino. Mamá decía que eso era para personas que habían perdido a sus compañeros o habían sido rechazados, el cual obviamente no era mi caso. Papá me había dado un ultimátum y me había prometido que aceptaría mi relación si no encontraba a mi compañera en este baile.
La verdad era que no quería perderlos, así que había aceptado su petición. No se lo comuniqué a Sara porque no quería estresarla más de lo necesario. No quería que dudara de mí porque eso pondría en peligro a nuestra relación. Ella era mi mundo y ya quería casarme con ella.
—Hombre —me llamó Luis mientras me tocaba el brazo—. Creo que voy a darme una vuelta para ver si encuentro a mi compañera, deberías hacer lo mismo.
Tomé otro sorbo del ponche y pensé con lamento que necesitaban ponerle más alcohol porque los lobos no nos emborrachábamos con tanta facilidad. Miré al mar de gente y me di cuenta de que varios ya habían encontrado a sus parejas por los besos que se estaban dando. Suspiré porque lo único que quería era estar con Sara.
Me acomodé contra la columna más alejada de todos y dejé mi vaso vacío sobre la bandeja a mi costado antes de buscar a mis amigos entre la multitud. Mis ojos se cruzaron con unos color avellana y se me cortó la respiración.