El sol se estaba ocultando lentamente en el horizonte cuando sonó el timbre de la librería. Me apresuré a cerrar el libro que estaba leyendo y me levanté para atender a mi próximo cliente. Al abrir la puerta, me encontré con la sorpresa más grande de todas.
Un niño de no más de diez años, con una mirada desolada en sus ojos y un libro en sus manos, me miraba expectante. A primera vista, pude ver que algo no andaba bien.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarte? —pregunté con una sonrisa, intentando calmarlo.
El niño bajó la cabeza tímidamente y su voz apenas se escuchó cuando respondió:
—Busco el libro "El...