Acabábamos de aterrizar en la ciudad, mi cuerpo aún estaba adolorido el hielo te hacía sentir como si unas diez mil agujas se clavaran en tus huesos, gracias a Derek me sentía un poco mejor, la verdad es que su compañía me había ayudado muchísimo a calmar mis demonios.
Estar nuevamente en mi casa me hacía sentir cómoda, al llegar lo primero que hice fue abrazar a mi pequeño, no había mejor terapia que estar con él.
—Rosalía ¿cómo estuvo todo?—pregunte mientras jugaba con mi bebe en el salón
—Todo bien señora, el bebe es un santo, ni siquiera lloro y a usted ¿qué tal le fue?
—Tuve un pequeño...