Después de una serie de pruebas y de escuchar el sonido del fuerte y acelerado latido de nuestro bebé, la doctora nos confirmó que todo estaba bien. Salí del consultorio con una sonrisa de oreja a oreja y Max rápidamente me envolvió en un abrazo.
En el trayecto de vuelta hacia la mansión Duncan, sentía una oleada de felicidad y gratitud. Miré a través de la ventana mientras las calles de la ciudad pasaban rápidamente. La brisa acariciaba mi rostro y me sentía en paz. Max sostenía mi mano con fuerza, y sabía que estábamos listos para darle la bienvenida a nuestro nuevo hijo.
Al llegar a casa, nos recibió...