A la mañana siguiente, me desperté con los ojos hinchados por lo mucho que había llorado. De repente, la puerta de mi recámara se abrió y, sin tener que salir de las cobijas, al escuchar la alegre voz que me anunciaba que el desayuno estaría listo en veinte minutos, supe que se trataba de Juanita.
Me levanté en cuanto ella se retiró y fui a bañarme. Acto seguido me puse un vestido escotado y me peiné y maquillé bien antes de bajar. De verdad esperaba que hoy no tuviera que desayunar con los hermanos, ya la cena había sido suficiente. Rogué en silencio a la diosa que me hiciera ese...