El silbato indicó que el partido había concluido. Dominik se quedó petrificado en el lugar, mirando su entorno y oyendo los gritos de los fanáticos. No lo creía. Lo había logrado. La copa era suya, o mejor dicho, de Alemania.
—¡Dominik! —La voz de Brauer lo hizo reaccionar—. Lo hicimos. Lo logramos.
Dom tuvo que sacudir su cabeza con fuerza para salir de su estupor.
Levantó los brazos y se entregó a la celebración.
Abrazos, gritos, vítores y mucha alegría.
Sintió que alguien lo halaba de la camisa y lo arrastraba hasta un grupo de varios jugadores, abrazándose los unos a los otros. Daban brincos y coreaban un Oe Oe,...