Aeropuerto LAX, Los Ángeles, California.
Un par de ojos café miraban con desespero el reloj, como si su poder mental pudiera acelerar el tiempo. Trabajaría hasta mediodía, pues un acuerdo que hizo con su jefe, se lo permitiría. Ese día le tocaba presentar su Examen de Evaluación Académica, o mejor conocida como SAT por sus siglas en inglés (Scholastic Assessment Test). En un par de minutos tendría que irse de allí y subirse al primer taxi que pasase, a fin de llegar a tiempo a la universidad. Ese era su plan b.
Decidió aplicar para estudiar Arte y Arquitectura en UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) como segunda opción —y la más realista—, después de enviar una solicitud para estudiar Arqueología en la Universidad Americana de El Cairo.
Ella sabía lo difícil que era ser admitida en dicha universidad, por esa razón decidió irse por lo seguro, aunque su verdadera pasión estuviese entre antigüedades y tesoros de civilizaciones ancestrales.
Desde pequeña soñaba con explorar las pirámides y descubrir momias, pero esas ilusiones quedaron relegadas con el paso de los años. No obstante, no perdía nada con intentarlo.
Era un día ajetreado en el aeropuerto, la gente iba y venía, caminaban apresurados por entrar o salir de allí. Lo típico en un aeropuerto internacional. Ese día parecía haber más movimiento de lo normal y era de esperarse, pues en un par de días comenzaría un evento que reunía a millones de personas, todos con una misma pasión.
La copa mundial de fútbol se disputaría en los próximos días y Estados Unidos era la sede.
El Centro StubHub de Los Ángeles fue el elegido para la ceremonia de apertura y partido inaugural, el cual estaba previsto que se diera entre Estados Unidos y Alemania.
Ella sabía todo esto porque Carlos, su mejor amigo y quien era fanático del deporte, se lo dijo.
Carlos y ella eran muy buenos amigos desde hace cuatro años atrás. Samanta llegó al país cuando su hermana mayor, Teresa, una vez que enviudó, la pidió desde México, donde vivían sus padres. Ella se casó con un estadounidense, que perdió la vida en el frente de batalla en Afganistán. Teresa devastada y con ayuda del gobierno americano, pudo traer a su única hermana a los Estados Unidos.
A Samanta le hizo mucha ilusión ir a vivir con su hermana, además de tener muchas más probabilidades de estudiar lo que ella tanto soñaba.
Sam y Carlos comenzaron a ser amigos en el noveno grado, al descubrir que ambos eran vecinos. Carlos vivía con su madre muy cerca de la casa de Teresa. Desde ese entonces eran inseparables, a tal punto, que siempre que buscaban empleo temporal, lo hacían juntos.
Así fue como comenzaron a trabajar en el mismo lugar, cinco meses atrás.
Samanta, como siempre, escuchaba a los clientes mientras servía sus cafés. Era inevitable. Escuchaba como hablaban de lo que hicieron en sus últimos viajes de negocios, lo mucho que extrañaban a sus familiares y lo agotados que estaban después de tantas horas de vuelo.
—¿Samanta? —La voz de su amigo la hizo girar—. Ya es hora. Debes irte o llegarás tarde.
Al ver el reloj, se dio cuenta que los minutos habían transcurrido con rapidez.
Se quitó su delantal e hizo una señal a Gordon, su jefe, para indicarle que era hora de irse. El hombre asintió con la cabeza y articuló algo con los labios. Sam no lo escuchó, pero entendió a la perfección.
Buena suerte, dijo él.
Tomó su bolso, recogió sus cosas y se despidió de algunos compañeros.
Carlos le brindó una gran sonrisa y le dio un fuerte abrazo, agregando:
—¡Lo lograrás! —Él creía ciegamente en su amiga.
—Gracias —dijo Sam y le devolvió el abrazo, con la misma intensidad.
***
Después de casi trece horas, el vuelo proveniente desde el Aeropuerto Internacional de Múnich arribó sobre suelo americano y en cuestión de segundos, el comité de la FIFA se desplegó por todo el lugar.
Dominik miró por la ventana y pudo apreciar la gran cantidad de personas que los esperaban, desde reporteros hasta fanáticos.
Uno a uno fue bajando del avión. Dom se quedó sentado en su asiento, esperando que todos bajaran. Siempre lo hacía. Le gustaba ser el último en bajar, tanto del avión como del autobús.
Sacó el iPod del bolsillo de su chaqueta y se puso los auriculares, mientras le subía el volumen a Faint de Linkin Park. No podía evitarlo, amaba su música, la música que lo había marcado en la adolescencia. Escucharla lo ayudaba de cierta forma, a llenar el vacío que sentía por la muerte de su padre, pues a su padre le gustaba mucho escuchar esa música mientras veía a su hijo entrenar.
Se subió la capucha del suéter y emprendió su camino.
Friedrich iba ajetreado, cargando el bolso de Dominik y charlando con Ewald acerca de la nueva campaña de Adidas, pues ambos querían que Dominik fuera la imagen exclusiva de la marca, y por un momento, el publicista olvidó que tenía que estar pendiente de su amigo. Se detuvo en seco al darse cuenta que éste no caminaba a su lado ni detrás de él.
—Mierda —dijo entre dientes.
—¿Qué sucede? —preguntó Ewald.
—Dominik —farfulló Friedrich.
El director técnico miró a ambos lados, buscando algún indicio de su jugador estrella, pero había tanta gente y luces de cámaras por doquier, que abandonó su intento de búsqueda enseguida.
—No te preocupes. Lo esperaremos en el bus.
El publicista respiró profundo miró al techo, rogando por el día en que Dominik se comportara como una persona normal. Imposible. Dominik no era normal.
A unos cuantos metros de distancia, un par de ojos azules observaban a su amigo. Dominik no pudo evitar reír ante la escena. No entendía como lograba sacar a Friedrich de quicio con tanta facilidad. Ya debía estar acostumbrado, pues siempre se comportaba de esa manera. Nunca le gustó la atención mediática, y siempre que podía la evitaba.
Se giró de golpe, para continuar su camino y salir del aeropuerto, pero no se percató de algo.
Alguien impactó contra él y cayó de bruces contra el suelo.
Dominik abrió los ojos al percatarse de que se trataba de una mujer.
***
Samanta cayó al suelo al impactar con... «¿Un poste?», pensó ella frunciendo el entrecejo. Sin embargo tuvo que mirar de nuevo para cerciorarse. Se dio cuenta de que el motivo de su caída era un hombre, quien al parecer, media lo mismo que un poste. Era gigantesco.
Ella se entretuvo con la multitud que estaba aglomerada alrededor de la selección de fútbol que acababa de llegar y pensó en lo tontas que se veían algunas chicas dando saltos y gritando como posesas, ante la presencia de un montón de hombres que se ganan la vida corriendo de un lado para el otro, en un estadio, persiguiendo un balón. Hombres que de seguro la única neurona que les funcionaba, sólo les servía para diferenciar una proteína de una caloría, y por esa razón no vio al sujeto delante de ella.
—¡Oh! Lo siento mucho. ¿Estás bien? —preguntó el hombre. Había mucha preocupación en su voz. Su tesitura era muy masculina. Sam se olvidó que estaba tendida en el suelo. Él extendió su mano para ayudarla a levantarse y preguntó de nuevo—, ¿Estás bien? ¡Lo siento mucho! No te vi venir.
Ella agitó su cabeza.
—Estoy bien. Fue mi culpa. No me fijé por donde iba.
Una vez de pie, ella bajó la mirada hacia el suelo y pudo ver algunas cosas desparramadas en el piso. Ambos se agacharon para recoger sus pertenencias.
Dominik no podía evitar mirar a la chica con detenimiento, pues era preciosa.
—¿Sucede algo? —Indagó ella, al notar que el desconocido la miraba fijamente.
—Eres muy linda —soltó Dominik sin más.
Samanta abrió los ojos con asombro ante la osada confesión.
Dom maldijo esa sinceridad que lo caracterizaba, esa que le hacía decir todo lo que pensaba.
Sam no pudo hacer caso omiso a lo que veían sus ojos. El hombre llevaba capucha y no pudo detallarlo bien. Sin embargo, pudo ver el azul intenso de los ojos de la persona frente a ella. Tenía rasgos muy varoniles y lo que más llamó su atención, era que tenía una boca carnosa, unos labios perfectos para besar. Al pensar en eso, no pudo evitar morderse el labio. Samanta agitó su cabeza con fuerza al darse cuenta que estaba fantaseando con un sujeto que ni siquiera conocía. Se irguió de golpe y él también lo hizo.
«¡Madre mía! Le llego al pecho», pensó ella al constatar que el hombre era altísimo. Miró de nuevo ese rostro. Ese segundo vistazo le ayudó a notar cierta familiaridad. Era como si ya hubiese visto ese rostro en otra parte. «¿Pero, dónde?».
A Dominik no le gustaba que lo miraran mucho, pero esos hermosos ojos café que lo observaban, le trasmitían una paz absoluta. No tardó mucho en darse cuenta que la chica tendría unos escasos 20 años —o menos—, pues su apariencia era muy juvenil.
—Es él…
Una voz lejana la hizo espabilar.
—Allí está —una chica señaló en dirección a Samanta y Dominik.
Dominik soltó una palabrota en alemán, “mierda”, para ser más específicos.
Samanta frunció el ceño y se limitó a quedarse quieta, mientras el hombre parecía querer desaparecer de allí.
En cuestión de segundos, el sujeto estaba rodeado de mujeres y reporteros de la prensa.
«Pero, ¿qué coño?». Samanta no entendía nada.
Ella miró confundida todo lo que sucedía. No comprendió porque la gente se comportaba así. Gente tomaba fotos, más gente aparecía de la nada, aglomerándose alrededor de ese hombre. Mientras él sólo bajaba la cabeza, tratando de alejarse.
Poco a poco, Sam se fue alejando del lugar, dando pasos lentos hacía atrás, a medida que llegaban más chicas…
«¡La prueba!».
Samanta se echó a correr en dirección a la salida al recordarlo. Salió de prisa del aeropuerto, cogió un taxi y le indicó la dirección al taxista. Miró su reloj. Se percató que faltaba veinte minutos para la hora del examen.
«Desearía que le salieran alas al coche», pensó mientras veía por la ventana del vehículo en movimiento. Las cosas pasaban con rapidez ante sus ojos, su mente divagó recordando aquel rostro perfecto, esos hermosos ojos y aquella voz…
El auto se detuvo.
—Llegamos —dijo el hombre, extendiendo su brazo hacia ella—. Son 50.
—¿Qué? —Samanta metió la mano en su bolso y sacó el billete. No tenía tiempo para perderlo discutiendo con un timador. De mala gana le dio el dinero.
Ella no acostumbraba a tomar taxis, pero esa era una emergencia.
Pagó y salió de un brinco del vehículo, para comenzar a correr de nuevo.
Los pasillos eran largos. Había mucha gente caminando en todas direcciones. Sam no podía dejar de mirar el reloj mientras repetía mentalmente: «Maldición. Es muy tarde».
Pudo divisar la puerta del salón que le asignaron. Notó que la persona encargada de la prueba apenas llegaba. Sacó fuerzas de Dios sabe dónde y corrió con toda rapidez para poder entrar antes que la puerta se cerrara.
Casi sin aliento, logró entrar.
Samanta pudo respirar con tranquilidad, al sentarse en su mesa.
Un par de indicaciones más y la prueba inició.
A pesar de que Samanta estaba avocada en responder todas y cada una de las preguntas, por momentos no podía evitar pensar en ese hombre, quien en segundos había pasado de ser un completo misterio a ser alguien aclamado por toda esa gente.
«¿Quién era?», la pregunta reverberó en su cabeza.
Tuvo que obligar su mente a enfocarse en la prueba.
Aunque le costó un poco concentrarse, lo logró y contestó el test en su totalidad.
Casi dos horas después, el examen concluyó.