Transcurrió un par de horas desde que Samanta comenzó su turno y no podía dejar de mirar la inmensa pantalla LED que habían puesto frente a una tienda de artículos deportivos. La gente se aglomeró para poder ver la ceremonia de apertura del mundial de fútbol, aunque a Samanta no le importaba el fútbol, no le importaba el mundial, no le importaba el asombroso espectáculo, ni siquiera le importaban los $200 que apostó Carlos a favor de Alemania. Sólo le importaba una cosa, o mejor dicho, una sola persona.
Sam servía cafés y limpiaba mesas por inercia, realizaba su trabajo bien, pero de manera mecánica, pues su mente no estaba...