Chapter 4 Sam y Dom

Chapter 4 Sam y Dom

Ambos corazones latieron con fuerza. Samanta no pudo evitar sonrojarse y Dominik lo notó, gesto que lo hizo sonreír.

—Eres tú —masculló y sacudió su cabeza con fuerza—. ¿Trabajas aquí?

La chica asintió con la cabeza.

Dominik se acercó de nuevo a la barra y miró a ambos lados, por suerte no había clientes esperando por ser atendidos.

—No te preocupes—dijo ella—.No chocaré de nuevo contigo, así que no te asustes —soltó una leve carcajada—. Perdona por lo de ayer, enserio lo lamento —Sam atropelló las palabras al hablar.

—No. Ni lo digas. Yo estaba distraído y… no te vi —él se encogió de hombros—. Estaba buscándote —soltó Dominik

Samanta frunció el entrecejo

—¿Ah sí? ¿Y para qué? —inquirió ella, entre confundida y risueña.

Dominik se llevó una mano al bolsillo de su chaqueta para buscar el iPod de la chica.

—Quería...

—¡SAMMY! —un repentino grito lo interrumpió.

La voz hizo que Sam girará su rostro de golpe en dirección a quien la llamaba. Ella vio a Gordon, su jefe, al otro lado del local, haciéndole señas.

»Necesito que me eches una mano —dijo él.

Samanta se giró hacia Dominik y sonrió.

—¿Sammy? —Dom repitió el nombre y no pudo evitar sonreír como idiota.

—Samanta. Mis amigos me dicen Sam, pero mi jefe me dice Sammy cuando está… —se giró y miró a Gordon de nuevo, quien llevaba un montón de cajas entre sus brazos—, estresado —agregó ella.

—Samanta es un nombre muy hermoso —susurró Dominik.

—Debo… —ella señaló hacia un lado.

—Si, por supuesto. No te preocupes. Ve —dijo Dominik.

Sam sintió algo de decepción, pero no lo demostró. En cuestión de segundos se armó una novela en su cabeza. Imaginando que él estaba allí por ella. El príncipe azul que va en busca de la chica, ambos víctimas del destino.

Samanta asintió con la cabeza e hizo un mohín, agitó su mano y se retiró a ayudar a su jefe. Dominik se dio la vuelta y se alejó de allí, deseando poder quedarse, pero debía apresurarse o llegaría tarde al entrenamiento.

***

Al mediodía, Carlos se unió a la jornada laboral. Saludó a su amiga y continuó hacia el interior de la cafetería, pues Samanta estaba terminando de arreglar algunas cosas en el mostrador y él ayudaría a su jefe a organizar los productos que llegaron en la mañana.

Gordon Harris tenía 32 años y era uno de los gerentes más jóvenes de la cadena de Starbucks. Se preparó muy bien en Gerencia en la Universidad del estado de Utah, en la Escuela de Negocios. Aunque su objetivo era administrar algún restaurante de una afamada cadena, Starbucks era su primer trabajo en Los Ángeles, donde sirvió cafés, tés, merengadas y helados por casi cuatro meses. Le tomó muy poco tiempo escalar posición y convertirse en el encargado del personal. Él fue el encargado de entrevistar a Sam y a Carlos el día que ambos decidieron presentarse para los puestos de atención al público. Dos meses más tarde, Donald Ramsey, el gerente y encargado del establecimiento, fue despedido, al comprobarse que maquillaba los informes de contabilidad para robar unos miles de dólares. La vacante fue ocupada por Gordon, por orden de la directiva de la cadena.

Harris era un jefe espectacular, compresivo y considerado con sus empleados, siempre dispuesto a ayudarlos. No actuaba como un jefe, sino como un amigo, de esos que tienen voz de mando y son líderes por naturaleza, pero sin dejar de ser amigable. Samanta y Carlos lo adoraban, y era por esa razón que siempre trataban de ayudarlo en todo, pues Gordon merecía la misma reciprocidad por parte de sus empleados.

Sam tuvo que almorzar sola en una de las mesas aledañas a la cafetería, pues su amigo acaba de entrar al turno. Ese día era una excepción, ya que ambos trabajaban en el mismo horario. Sam reponía las horas del día anterior.

Comió con toda la calma de mundo, pues no era como las otras chicas, que comían en 10 minutos y los otros 50 minutos de la hora de almuerzo la disponían para dar vueltas por el aeropuerto y ver guapos turistas ir y venir, como lo hacían Megan y Stacy, dos chicas que trabajaban el mismo turno que Carlos y Sam, pero sólo de viernes a domingo. Eran pesadísimas y Samanta estuvo a punto de sacarles los ojos, un par de veces.

El resto del día fue aburrido.

«Su rostro, su sonrisa…».

Samanta no podía creer que pensara tanto en alguien que apenas había visto dos veces.

—Dominik —dijo el nombre entre dientes y sonrió—. D-O-M-I-N-I-K —lo deletreó, burlándose de la forma odiosa en que él lo deletreó en la mañana, para que ella no se equivocara al escribirlo. —Pero que mono es —continuó hablando.

—¿Hablando sola?—La voz de Carlos la hizo dar un brinco.

—¡Vaya! Por fin logro verte hoy —comentó ella a modo de chiste, pues desde que su amigo llegó, había estado en el depósito con Gordon, arreglando la nueva mercancía.

—Salgamos al descanso —indicó él, extendiendo su mano hacia ella. Sam la sujetó y ambos salieron por la puerta trasera del lugar.

Se sentaron sobre unas cajas de madera. Carlos sacó un cigarrillo y lo encendió. Le dio una fumada y se lo pasó a su amiga.

—¿Qué tal la mañana?—Preguntó él.

—Bastante normal, aunque… —Sam botó el humo—, ¿te acuerdas del sujeto del que te hablé, con el que tropecé ayer?

—Sí. ¿Qué sucede con él?—Carlos sujetó el cigarrillo que le devolvió su amiga y le dio una larga fumada.

—Le he servido un Frappuccino esta mañana.

—¿Qué? ¿Pero qué dices? ¿Cómo rayos sabía dónde trabajas?—Carlos abrió los ojos con asombro.

—No lo sabía. De hecho, tuve que hacer algo para que se diera cuenta de mi presencia —Samanta se encogió de hombros.

—¡Oh por Dios! ¿Qué hiciste?—Carlos la miró, frunciendo el entrecejo.

—Escribí algo en su vaso.

Carlos dio una fumada y soltó el aire de golpe.

—¿Qué rayos le escribiste?

—¿Has tropezado con alguien, hoy? Ya sabes, en relación a lo de ayer.

—¿Y qué hizo él?

—Se giró, me miró y sonrió. Una sonrisa encantadora, por cierto…

—¡Basta! No quiero esos detalles —dijo Carlos, interrumpiéndola.

Lo cierto era que Carlos llevaba un par de semana sintiendo algo extraño por su amiga, a quien desde un principio veía como eso, una amiga. No entendía que rayos le sucedía, tal vez era el hecho de que Samanta comenzaba a comportarse como una mujer de verdad y no como la niñita tonta que hacía todo lo que Alan O’Conell, (su estúpido ex novio), le ordenaba. Se sintió aliviado al recordar que su amiga se libró de esa alimaña, que nada bueno aportaba a su vida. Tenía problemas de drogas y de ira, ¿pero adivinen qué? Tocaba en una banda de rock, y eso lo hacía irresistible ante las damas, además de que era Senior, en una época donde Samanta era apenas Sophomore. No había nada más emocionante para una chica del segundo año, que salir con uno de los chicos más populares de la preparatoria.

—Noté algo inquietante en él —la voz de Sam lo hizo regresar al presente. Carlos sacudió su cabeza con fuerza y se concentró en la charla actual.

—¿Qué cosa?

—Parecía esconderse, llevaba un par de gafas de sol y un suéter de capucha. Me da la impresión de que no quería que lo reconocieran.

—Es lógico, por lo que me contaste ayer y todo el rollo de los fotógrafos… sin duda es una figura pública. ¿De verdad que no lo ubicas?

—No. Hoy tampoco pude verlo bien. Creo que no es la primera vez que intenta pasar desapercibido…

—Y lo logra, pues a ti te ha dejado desconcertada.

—¿Sabes qué? También lo noté nervioso.

—Lo que no entiendo, es qué diablos hacía aquí.

Samanta solo se limitó a encogerse de hombros.

—¿Sabes? Me parece muy extraño. Yo que tú, me andaría con ojo, no vaya a ser que sea uno de esos acosadores raritos que al final terminan asesinando a las mujeres que acechan.

Los dos amigos se echaron a reír.

—Chicos —la voz de Gordon, desde la puerta, los hizo voltear a mirar—. La cafetería está llena, ¿pueden echarme una mano? Megan y Stacy están hasta el topé. Pueden volver al descanso cuando haya mermado un poco la situación.

Carlos y Samanta se miraron y sonrieron. Por supuesto que ayudarían a Gordon, era lo menos que podían hacer por él.

Category
Dark
Set up