Si había algo que le encantaba a Dominik, era sentir el sudor corriendo por su cuerpo, además de la sensación de sentir su corazón palpitando frenético.
Corría y corría, amaba hacerlo. Era el momento más especial del día, pues se conectaba con sus pensamientos, y esa tarde, justo esa tarde, no podía dejar de pensar en algo específico, o mejor dicho, en alguien.
«¿Pero qué coño es esto?», se preguntó luego del quinto intento fallido por dejar de pensar en Samanta. No podía entender cómo era posible que una chica que apenas vio un par de veces lo tuviera tan intranquilo. Cerraba los ojos, y allí estaba ella, sonriéndole.
—Una vuelta más y terminamos por hoy. Vayan a descansar, chicos —dijo Ewald, alzando el tono de voz.
Transcurrieron casi dos horas desde que comenzó el entrenamiento y cada uno de los preparadores físicos cumplió con su papel. Era el momento de cerrar el entrenamiento con unas cuantas vueltas al estadio. Era un día previo al partido inaugural y el director técnico no quería exigirle mucho a sus muchachos, sólo lo necesario para mantener sus músculos despiertos a atentos para el enfrentamiento del día siguiente.
Mientras uno a uno de sus compañeros iba parando y tomando sus termos de agua para hidratarse, Dominik decidió ignorar la indicación de su entrenador.
—Dominik, ya está bien. Vete a descansar —dijo el ex jugador de fútbol, quien era el encargado de preparar a la selección nacional alemana.
—Aún me queda mucha energía, Ewald —dijo Dom en cuanto pasó corriendo por un lado del hombre de cabello cenizo y ojos azules expresivos.
—Pues, te recomiendo que guardes un poco de esa energía para mañana. Jugaremos contra Estados Unidos. No debemos subestimarlos.
—Serán tres puntos que obtendremos fácil —gritó Dominik con suficiencia.
—Nunca subestimes a un rival, Dominik —le respondió Ewald, asomando una amplia sonrisa.
El capitán del equipo continúo corriendo por unos 10 minutos más. Sentía un poco de ansiedad por el inicio del campeonato mundial, y siempre le hacía ilusión usar la cinta de capitán en su brazo, la que llevaba usando durante los últimos 3 años.
De repente, el rostro de cierta persona irrumpió en sus pensamientos, otra vez. Debía verla, hablar con ella… algo. Necesitaba saciar esa repentina necesidad que sentía por estar con Samanta. En cuestión de segundos, ideó un plan para volver a salir del hotel sin ser visto e ir a entregarle el iPod a su dueña. Era la excusa perfecta.
***
Samanta
Por fin su turno concluyó y estaba súper agotada. Los viernes eran abrumadores. Le hizo una seña a Carlos, indicándole que lo esperaría en el lugar donde guardaban sus bolsos y pertenencias, pero él le indicó que no saldría todavía.
—Horas extras —pudo leer en los labios de su amigo, quien la miró apenado.
Sam asintió y fue a buscar sus cosas. De regreso, se acercó a su amigo.
—¿Hasta qué hora te quedarás?—Le preguntó.
—No lo sé, Gordon me ha pedido que lo ayude y pues…
—Vale. Te esperaré.
—No es necesario, Sam.
Samanta miró su reloj y vio que eran casi las cinco de la tarde y recordó que ese día su hermana iría a cenar en casa de unos amigos, así que no tendría que llegar a preparar la cena.
—Teresa no irá a cenar en casa hoy, así que puedo esperarte un par de horas, así aprovecho para ponerme al día con mi lectura —dijo ella y agitó en lo alto su ejemplar de “Mil millas Nilo arriba” de Amelia B. Edwards.
Carlos sonrió y asintió.
—De acuerdo. Salgo a las siete. ¿Me esperarás?
Samanta le respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Se alejó de su lugar de trabajo, se sentó en unas bancas metálicas y se dispuso a leer un rato. Se adentró tanto en su lectura que sólo paraba por momentitos a tomar un sorbo de agua de su termo y continuaba leyendo. La historia la atrapó en cuestión de segundos, y sin darse cuenta, habían transcurrido casi tres horas cuando vio su reloj.
Se levantó de golpe de la butaca y miró en dirección de la cafetería, pero no había señales de Carlos, y se suponía que debió salir hace 15 minutos.
Samanta se acercó un poco para averiguar por qué su amigo tardaba tanto.
Al mirar con atención, notó que tenían más gente de lo normal a esa hora. Estaban saturados en el servicio. Carlos miró a Sam con mucha preocupación es su rostro.
—¡Lo siento! —Pudo leer Sam en los labios de él, quien se le acercó—. Terminaré de atender a estos clientes y saldré.
—¿Cuánto crees que tardes?—preguntó Samanta.
—Como una hora. Si quieres te vas, debes estar agotada de tanto esperarme.
—Te he esperado por casi tres horas, por esperarte una hora más, no creo que me muera —Sam tocó con ternura la mejilla de su amigo—. No me iré. Te esperaré e iremos a cenar. Hoy es viernes e invito yo.
Carlos sonrió y sintió que su corazón daba un brinco. De repente deseó poder abrazarla y darle un beso, de esos que roban el aliento, pero sacudió ese pensamiento de su cabeza. Samanta era su amiga, y nada más.
Sam se retiró para dejar que terminara su jornada. Se sentó de nuevo en la misma banca donde estuvo hace un momento, y quiso aislarse un rato del ruido que había en el aeropuerto, así que se dispuso a escuchar música. Buscó su iPod en su bolso, pero no lo encontró. Lo buscó con desespero, pero no estaba, y se le hizo muy extraño, pues no lo sacaba desde el día anterior. Recordó que lo metió en el bolsillo de afuera, al llegar a la cafetería, pero allí no estaba. Sin más remedio, sacó su celular y se puso los audífonos. No le gustaba usarlo para oír música, pues la batería se descargaba en un santiamén y prefería tener el móvil dispuesto por si su hermana la llamaba, pero ese día hizo una excepción. Subió el volumen a todo lo que daba, para no escuchar nada más que la música. Cerró sus ojos y recostó su cabeza en el espaldar de la banca. Estaba muy agotada, pero no se iría sin su amigo.
Mientras tenía sus ojos cerrados y oía la música, pudo percibir que alguien se sentaba a su lado. Hizo caso omiso y permaneció en su aislamiento momentáneo.
Percibió un aroma delicioso que le indicó que era un hombre.
Abrió sus ojos y no pudo creer lo que veía… era él.
Un chico de ojos azules y hermosa sonrisa, la miraba fijamente. Verlo tan cerca de ella hizo que se le acelerara el corazón. Con un movimiento raudo se quitó los audífonos de sus oídos.
—Ho-hola —Sam tartamudeó.
¿Cómo describir lo que sintió Dominik en ese momento? Era indescriptible. Una mezcla de ansiedad, con nerviosismo y excitación. Ansiedad de saber más sobre esa chica, nerviosismo por miedo a que alguien lo reconociera y que en cuestión de segundos el aeropuerto estuviese plagado de fotógrafos de la prensa, y por último, la excitación del momento.
—Hola —respondió él con una amplia sonrisa—. ¿Qué escuchas? —Preguntó con notoria curiosidad, haciendo un gesto para tomar un auricular.
—Amm. Algo de música clásica.
—¿A quién esperas? —Lanzó otra pregunta, y se asemejó a un niño pequeño, de esos que hacen preguntas acerca de todo.
—A un amigo —Sam farfulló mientras miraba hacia la cafetería, tratando de evitar cualquier contacto visual con Dominik. Esos ojos azules la intimidaban.
En ese momento, Samanta se percató de que era la primera vez que lograba verlo bien. Pudo detallar sus facciones. Una vez más sintió esa sensación de familiaridad, sabía que había visto ese rostro en algún lado, pero no lograba recordar dónde.
—¿Te gustaría caminar un rato? —Preguntó Dom y Sam se giró hacia él, asombrada por la propuesta—. Mientras llega tu amigo —Samanta frunció el ceño— ¿O prefieres esperarlo aquí sentada? —Inquirió él.
Sam asintió con su cabeza y se levantó de la banca, aceptando la invitación. Le hizo un gesto a Dominik para que se levantara también.
—¿Vamos? —Lo apremió ella.
Dominik se quedó inmóvil, era como si su cuerpo y mente se hubiesen desconectado. Tuvo que esforzarse mucho para levantarse del asiento. No entendía sus emociones. A lo largo de su vida sintió cariño y atracción física por muchas chicas, pero nunca supo, ni tuvo la habilidad, para acercarse a una de ellas y eso le generó, muchas veces, sentimientos de exclusión, pena y desolación. La única chica con la cual tuvo una relación afectiva fue Dihanna, y fue porque ella dio el primer paso. Sin embargo, con Samanta sentía la necesidad de buscarla, verla, oírla... de gritarle todo lo que sentía. Era como si ella fuese la cura para su "desapego emocional".
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en Starbucks? —fue lo primero que se le vino a la mente a Dominik.
—Este lunes que viene cumpliré siete meses —respondió ella.
Dominik caminaba manteniendo la cabeza gacha, no quería correr con el riesgo de que alguien lo reconociera.
—¿Y qué haces, además de trabajar en la cafetería? —Él tuvo que girarse un poco para evitar la mirada de una turista que lo miraba. «¡Mierda! Por favor, que no me reconozcan», rogó en su interior.
—¿De quién te escondes? —Samanta soltó la pregunta al notar el extraño comportamiento del hombre.
Él caminaba tratando de evitar ángulos en los que las cámaras de vigilancia del aeropuerto pudieran captarlos, además que caminaba cabizbajo, y con las manos en los bolsillos de su suéter.
—No me escondo de nadie. Es solo que no me gusta llamar la atención —Dominik levantó su mirada y volvió a ponerse sus lentes oscuros.
—¿Llamar la atención? ¿De quien? —indagó ella.
—De la gente —soltó él sin más.
—Eres famoso, ¿verdad? —comentó ella—. Esa es la razón por la que toda esa gente te fotografiaba aquel día.
Dominik asintió con la cabeza.
—¿De verdad no sabes quien soy? —inquirió él, muy desconcertado.
—Pues con ese disfraz puesto, no puedo reconocerte —se mofó ella.
—No es un disfraz —farfulló él—. Son cosas que suelo usar siempre.
—Lo que quiere decir que siempre te estás escondiendo de la gente —acotó ella.
—No me escondo... —Dominik trató de hablar.
—Sí, sí, sí —ella lo interrumpió—. No te gusta llamar la atención. Lo cierto es que eres un personaje público —agregó ella—. ¿Quien eres, Dominik con ‘k’?
—Bueno. Entiendo que no sepas soy, pues la mayoría de mi público es masculino. Es muy raro que una chica se interese en lo que yo hago.
—¿Acaso eres actor porno? —bromeó Samanta. No obstante, se detuvo en el acto al recordar aquella noche en casa de Carlos, que visitaban perfiles al azar en Facebook, “buscándole” una chica a su amigo y que de repente un montón de ventanas emergentes se abrieron, invitándolos a visitar páginas de contenido pornográfico. La curiosidad de su amigo lo animó a clicar una de las tantas ventanas y navegaron en una página, donde sin poder evitarlo vieron algunos videos muy subidos de tono.
«Eso es. De allí es que se me hace conocido», pensó ella y sintió que los colores subían a su rostro.
Dominik la miró con los ojos entornados.
—No. No soy actor porno —aclaró de inmediato—. Además, según un estudio realizado por la Universidad de Oxford, el 90% de las mujeres si se interesan, y mucho, por la pornografía. Agregado a esto, si fuera actor porno no podría decir que las mujeres no se interesan en lo que hago, pues a todo el mundo le gusta el sexo.
A Sam le pareció muy osado ese comentario, apenas llevaba unas horas conociendo a ese sujeto y ya estaba hablando de sexo. Por otro lado, a Dominik le parecía de lo más trivial la conversación, pues siempre estaba acostumbrado a decir lo que pensaba y a importarle un comino como lo tomara el resto de la gente que lo rodeaba. Así era él, sin filtro.
Samanta tragó grueso y se vio obligada a carraspear su garganta antes de hablar.
—¿Entonces qué haces?—Preguntó ella, con notable afán.
—Soy deportista —contestó él, queriendo restarle importancia al asunto. No tenía deseos de ahondar en él. Quería saber de ella—. ¿Y además de trabajar, que más haces?—Inquirió Dominik.
—Por ahora sólo trabajo. En un par de semanas sabré si aprobé la prueba para UCLA o si mi sueño se hará realidad.
—¿Tu sueño?—él la miró con detenimiento.
—Desde que era muy niña, he soñado con ser…
—¡Santo Dios! Hoy ha sido un día de locos —la voz de alguien que llegaba de repente, interrumpió la conversación. Sam se giró hacia la voz y miró a su amigo—. Gordon tiene que viajar pasado mañana a Nueva York y me estaba dando las instrucciones para manejar la cafetería durante los tres días que estará fuera —continuó hablando Carlos.
—Dominik, él es Carlos, mi mejor amigo —dijo Sam de inmediato.
—Un placer —Dom extendió su mano hacia el chico que acababa de llegar.
Sin embargo, el recién llegado se quedó petrificado sin decir ni media palabra. Clavó su mirada sobre Dominik y sus ojos se fueron abriendo cada segundo un poco más.
—¿Carlos? ¿Te sucede algo —Samanta se sintió preocupada por la conducta de su amigo. Parecía que estuviera sufriendo un derrame cerebral.
Dominik sabía a la perfección lo que le sucedía al recién llegado. Lo había reconocido. Sintió ganas de salir corriendo, pero se contuvo. Había regresado al aeropuerto con el objetivo de obtener, al menos, el número telefónico de Samanta, y no se iría sin tenerlo. Miró al sujeto que lo observaba con total excitación y se encogió de hombros.
—Dominik “The Bullet” Weigand —farfulló Carlos.
—¿Qué? —Sam se sintió confundida—. ¿Se conocen?
—¿Estás de broma, Sam? ¡Es La Bala! ¡Dominik Weigand! —Carlos levantó la voz sin querer y algunas personas que pasaban miraron en dirección a ellos.
—Por favor, baja la voz —solicitó el aludido—. No quiero que nadie...
—No quieres que nadie te reconozca —musitó Samanta—. ¡Oh por Dios! —exclamó ella, cayendo en cuenta—. ¿Como no me di cuenta antes? Eres...
—Es un astro del fútbol, Samanta. El jugador más valioso de la selección alemana de fútbol —susurró Carlos.
Dominik se sintió muy incómodo, pues no le gustaba ser el centro de atención.
—Creo que será mejor que me vaya —masculló Dom—. Antes que alguien más me reconozca y en cuestión de segundos esto esté repleto de corresponsales de prensa.
Samanta sentía que las neuronas de su cerebro no hacían sinapsis, no lograba procesar tanta información, así de sopetón.
—Lo que hiciste en la final de la Champion… —Carlos siguió hablando, parecía un niño pequeño frente a uno de sus más grandes ídolos—, fue ASOMBROSO, como hiciste ese tiro y como lograste engañar al portero en ese penalti.
—Ha sido un placer verte, Samanta —dijo Dom con voz trémula—. Ha sido un placer conocerte, Carlos —lo miró a él, con notable incomodidad reflejada en el rostro.
Samanta todavía estaba en shock, pero de repente, de su boca salieron unas palabras, era una combinación de números.
Dominik frunció el ceño.
—¿Qué? —Preguntó.
—Es mi número telefónico —ella lo miró a los ojos y no pudo evitar sonreír como tonta.
Le pareció de lo más tierno que Dominik hubiese preferido mantenerse bajo perfil, ocultando su verdadera identidad. Muy bien habría podido abordarla diciendo quien era y engatusarla con la imagen del chico famoso, cotizado y deseado por miles de mujeres, pero no lo hizo. Y eso le encantó. No quería perder el contacto con él. En ese momento se aferró a la tonta posibilidad de que él la llamara.
Dominik sacó su móvil de inmediato y anotó el número que Sam le indicó, sintiéndose victorioso por haber logrado su cometido.
—Me tengo que ir, debo ir a descansar —dijo Dominik sin poder quitar sus ojos de la linda chica que lo miraba.
—Buenas noches —susurró ella.
Dom miró a Carlos y asintió con la cabeza.
—Hasta luego —dijo.
—Descansa hombre, mañana tienes que darlo todo —respondió Carlos.
Dominik sonrió ante el comentario, tomó una gran bocanada de aire, se giró y se encaminó hacia la salida del aeropuerto.
Sam lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista. Un codazo le hizo poner los pies sobre la tierra.
—¿Lo que acaba de suceder fue real?
Samanta no pudo contener la risa, su amigo era todo un personaje. Su pasión por el fútbol era inmensa, y se lo demostró una vez más.
»¿Cuándo coño pensabas decirme que era Dominik Weigand con quien tropezaste ayer? —continuó Carlos.
Samanta sacudió con fuerza su cabeza, obligándose a reaccionar.
—Me acabo de enterar ahorita —respondió ella.
—¡No me jodas, Sam! Su rostro está en esa valla —Carlos apuntó con su dedo en dirección a un inmenso cartel que estaba en lo alto de la entrada de una tienda de artículos deportivos.
—¡Ya decía yo! Su cara me sonaba —farfulló ella.
—Has visto toda la temporada de pre-eliminatorias del mundial conmigo, sin mencionar la Champion League —Carlos se mostró indignado.
—Corrección. Leía mientras te acompañaba. Sabes que no me apasionan los deportes —contestó su amiga—. Discúlpame por no reconocer a una celebridad del fútbol.
—¿Y que ha sido eso?
—¿De qué hablas? —Sam no entendió la pregunta.
—Escupiste tu número telefónico como si fueses la presentadora de la lotería.
Samanta rió a carcajadas por la analogía de su ocurrente amigo, y recordó que le acababa de dar su número a Dominik, y lo mejor de todo era que no se arrepentía de haberlo hecho. Era cierto que no conocía a ese hombre, pero moría de ganas por hacerlo.
—Vámonos de aquí —dijo ella—. Muero de hambre. Busquemos un sitio donde comer.
Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el área de comida del aeropuerto, pero sin dejar de pensar en Dominik.
***
Una mezcla de sentimientos se arremolinó en el pecho de Dominik mientras se acercaba a un grupo de taxis. Por primera vez en su vida deseó ser alguien más para así quedarse un rato más, charlar con Samanta y conocer más a Carlos, pues le pareció un chico bastante agradable. En ese momento, deseó ser normal, como el resto de los transeúntes que caminaban por la calle, poder salir a dar un paseo cuando le apeteciera, sin sentirse vigilado por miles de personas.
—¿Necesita un taxi, caballero?—Preguntó un hombre regordete de piel morena y frondosa barba.
Dominik asintió, llevándose las manos a la cabeza para ajustar su capucha y luego asegurarse de tener bien puestas las gafas de sol. El taxista abrió la puerta para que se subiera, y él lo hizo de inmediato, sin siquiera reparar en mirar al sujeto que se ofrecía a llevarlo a cambio de unos cuantos dólares.
»¿A dónde lo llevo, señor —preguntó el dueño del taxi al subir al auto.
—Al JW Marriott —contestó Dominik, manteniendo la cabeza gacha para no arriesgarse a que el sujeto lo reconociera al mirar por el espejo retrovisor.
—Enseguida —indicó el conductor y puso el auto en marcha.
Fueron casi cincuenta minutos de camino, en los cuales la cabeza de Dominik era un completo caos. Los pensamientos lo abrumaban y no le permitían razonar con claridad, iban desde la sonrisa de Samanta hasta la última jugada que practicó para el partido de mañana. Trató de concentrarse en el juego que le tocaba jugar al día siguiente, pero era inútil, los ojos de Samanta irrumpían en sus pensamientos, impidiéndoselo.
El auto se detuvo frente a un imponente edificio, y a Dominik le tomó un par de segundos percatarse de que llegó a su destino. Pagó lo que le pidió el taxista y bajó del coche. Sin perder tiempo se dirigió a la entrada de servicio del hotel. Con suerte lograría entrar sin ser descubierto.
Dominik dejó escapar un suspiro en cuanto estuvo dentro de su habitación y agradeció el hecho de que nadie lo vio llegar. Encendió la luz y dio un salto al ver la silueta de un hombre sentado en el sofá al lado de la ventana.
—¿Dónde estabas? —La voz de Friedrich hizo que todos los vellos de su cuerpo se erizaran.
—Ehmmm… —Dom balbuceó.
—Llevo tres horas esperándote —el hombre sonaba molesto.
—Lo siento. Olvidé que habíamos planeado ver una película hoy —se excusó Dominik.
Friedrich se puso de pie.
—No importa. Descansa, Dominik. Mañana será un día muy largo. Sería una pena total que la copa se te escapara de las manos, luego de que has luchado tanto por llegar hasta ella.