Chapter 3 Dominik

Chapter 3 Dominik

No sonreía, ni por cortesía. Nunca aprendió a fingir. Quería largarse, salir de allí, subirse al autobús y dejar todos esos destellos y sonidos de cámaras atrás.

Poco a poco se fue alejando de toda esa gente, a la vez que algunos hombres de seguridad, designados por la FIFA, trataban de escoltarlo al exterior del lugar. Dominik contestaba con monosílabos, de manera esquiva, a todas y cada una de las preguntas que resonaban, las cuales iban desde: ¿Cómo te preparas para el juego?, hasta ¿esa chica era tu novia? Esta última pregunta lo hizo agitar la cabeza y fruncir el ceño. «La chica», pensó. Movió su cabeza a ambos lados, buscándola, pero no la encontró. Era como si se hubiese evaporado. Contestó fuerte y claro con un “no”, continuando su camino.

Escapar de los reporteros, paparazzi y fanáticos, siempre lo dejaba exhausto, pero por suerte, siempre había un grupo de guardaespaldas, guardias de seguridad o policías, dispuestos a velar por su integridad física.

Logró llegar al autobús, luego de caminar casi quince minutos, parar y esquivar preguntas odiosas de reporteros deportivos, quienes en los últimos meses habían criticado su actitud en el terreno de juego, pues Dominik se mostraba un poco rebelde a la hora de acatar las estrategias de su director técnico.

Un sujeto con el entrecejo fruncido y los brazos cruzados a nivel del pecho, lo fulminó con la mirada. Friedrich, a pesar de ser su amigo, siempre se tomaba más en serio su rol de manager y publicista.

—¡Vaya! Al fin te has dignado a unírtenos —soltó Treadaway.

—¿Por que razón no me uniría a ustedes? —Dominik se mostró un poco confundido por el comentario.

—¡Olvídalo! —masculló Friedrich.

—¡Dom! Estás de nuevo en la tele —comentó Ahren Degener, portero de la selección, con algo de sorna.

—Y en internet —agregó Theobold Bartram, el defensor central.

Dominik clavó su mirada en la pantalla de plasma de veintiún pulgadas que estaba desplegada en lo alto del pasillo del bus. La noticia que estaban comentando no tenía nada que ver con su carrera, sino con algo de lo cual no le gustaba hablar, y mucho menos le gustaba que los demás lo hicieran.

—¿Quién es la chica? ¿Eh? —Su compañero Edmund Brauer sonó un tanto burlón.

—¡Muñequita! —Fue el comentario de Héctor Rodríguez, quien sostenía un iPad entre sus manos, con su típico acento, haciendo notoria su ascendencia costarricense.

Dominik se acercó al Carrilero del equipo, le quitó el iPad y miró la pantalla del mismo.

—Te lo tenías bien guardado, Weigand —bromeó su compañero, Derek Neisser.

—Cuéntanos como le hiciste para tener una novia al otro lado del mundo y que ninguno de nosotros lo supiéramos —el chiste de Rodríguez lo hizo reír.

—¿De qué están hablando? Ni siquiera la conozco —Dominik se encogió de hombros.

—Lo sabemos, Weigand. Estamos bromeando —dijo Rodríguez al recordar que Dominik no entendía ese tipo de chistes.

Eso era lo bonito de ser un equipo, y más, ser ese equipo, pues no se limitaban a ser compañeros de trabajo, sino que eran una familia. Cada uno era un individuo distinto, pero a la vez, eran parte de un organismo que se mantenía vivo gracias a la camaradería. A pesar de que Dominik era el “consentido” de Ewald, al menos eso decían los comentaristas deportivos, ninguno de los integrantes de la selección se sentía desplazado ni mucho menos se dejaba llevar por la envidia. No. Si uno de ellos estaba mal, todos lo apoyaban, si uno de ellos era atacado, todos lo defendían, además de que Dominik —aunque era poseedor de un fuerte carácter— era un cielo con sus amigos, en el aspecto de que siempre los ayudaba en cuanto podía. Su peculiar personalidad lo hacía especial para sus compañeros. Él era como ese hermano menor al que todos querían cuidar.

Era ilógico que vincularan a Dominik con esa mujer, pues ellos sabían a la perfección que Weigand no era de ese tipo. Es más, sabían que él tenía casi un año sin mantener una relación estable con alguien. Dom tuvo la misma novia desde que tenía 16 años de edad, sin embargo la relación terminó, cuando él decidió abocarse a su carrera. Así lograr lo que se propuso antes de cumplir los 30.

—¿Quién es ella? —Preguntó Friedrich al ver las imágenes en la pantalla, las cuales mostraban a Dominik charlando con una chica.

—No lo sé —Dom se encogió de hombros—. Una chica que se atravesó en mi camino. Literalmente.

Friedrich entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.

»¡Oh por Dios! No estarás pensando que esas patrañas que dicen son verdad —Dominik se mostró indignado.

—Tal vez si te comportaras como un hombre de tu edad y no me dieras tantas dolores de cabeza, dejarían de decir tantas cosas de ti —estalló Treadaway.

Dominik se adentró en el vehículo. No tenía ánimos de discutir con su amigo. Sacó el iPod del bolsillo de su chaqueta y se sentó en el penúltimo puesto del bus. Tomó los auriculares y en cuanto iba a encender el dispositivo, notó algo extraño.

El reproductor de música que tenía en su mano era por lo menos dos versiones más antiguas que el suyo, además que tenía un sticker de una caricatura de gato y algunas piedritas de swarovski adornando una carcasa de color violeta.

—¿Pero qué coño? —Dijo entre dientes, a la vez que rebuscaba en el otro bolsillo de su chaqueta, en el cual si estaba su iPod.

Miró de nuevo la espantosa cosa con brillo y se arriesgó a encenderlo. Aunque no era amante de ese tipo de música, supo enseguida de quienes se trataban, Il Divo. En definitiva, ese no era el tipo de música que Dominik escucharía.

No pudo evitarlo, sonrió como idiota al recordar el incidente y al pensar en la sonrisa de… esa bella chica.

«¿Qué? ¿Cómo?».

Sacudió su cabeza con fuerza. Nada ni nadie podía distraerlo de su verdadero objetivo. Además, él tenía la plena convicción de que el corazón era un órgano, o en todo caso, un músculo que servía para bombear sangre, no para sentir estupideces. Él se sentía muy bien cómo estaba, sin embrollos emocionales.

Guardó el dispositivo de música ajeno y tomó el suyo. Se puso los auriculares, se recostó en la butaca y se dispuso a relajarse mientras Black Box Messiah de Diablo Swing Orchestra sonaba. Era una de las pocas bandas que toleraba de la actualidad, pues solía escuchar sólo música de los setenta, ochenta, noventa y principios del 2000, pues consideraba que la música que emergió después del 2005, era solo mierda para gente descerebrada.

***

Samanta corrió hacia la puerta principal para abrirla, pues si no lo hacía, Carlos la tumbaría. Eran casi las seis de la tarde y ella preparaba la cena para ella y su hermana Teresa. Ahora debería poner otro lugar en la mesa, pues algo era seguro, a Carlos le encantaba los macarrones con queso que preparaba Sam.

—Pasa, pasa. De prisa. Dejé la cocina encendida y los macarrones ya están casi listos. Sabes que me gustan…

—Al dente —completó su amigo, a la vez que cerraba la puerta detrás de él—. Cuéntame. Soy todo oídos. ¿Cómo te fue en la prueba?

—¡Genial! —Contestó Sam desde la cocina—. Lo he contestado todo. Creo que obtendré una buena calificación.

—Así que… ¿UCLA? —Comentó Carlos y Samanta se percató de cierto dejo de burla en sus palabras.

—Sabes que es la opción más… realista —dijo ella.

—Claro, claro. Eso y el hecho de que hay algunos pobres plebeyos que deben resignarse a estudiar en una universidad que queda a más de mil millas de sus casas.

—Sólo a ti se te ocurre aplicar para una universidad en Utah —le recordó su amiga.

—Como sea. No he venido a hablar de mí. Cuéntame. ¿Llegaste a tiempo?

—Sí. En la raya —dijo Sam, colocando un par de platos sobre la mesa—. Aunque me sucedió algo muy extraño.

Carlos tomó asiento en el comedor, mirando a Samanta que iba y venía de la cocina a la mesa, con vasos, platos y boles con comida.

—¿Ah sí? ¿Y qué fue lo que te pasó?

—Cuando iba saliendo del aeropuerto, me tropecé con un tío muy peculiar.

—¿Qué tan peculiar?

—No sé cómo explicarlo. No lo vi bien, pero en el momento en que nos pedíamos disculpas por ser tontos y no ver por dónde íbamos, aparecieron un montón de chicas y fotógrafos…

—¿Era una celebridad? —Carlos abrió los ojos con asombro, frenando su acción de agarrar un panecillo del centro de la mesa.

Samanta se encogió de hombros.

—¿Qué parte de no lo vi bien, no entendiste?

—¡Vale! No tienes que ser tan hostil.

—¿Sam? —Oyó una voz, proveniente de la puerta principal—. ¡Estoy en casa! —Anunció Teresa, la hermana mayor de Samanta.

—¡Estamos acá, Tere! —Indicó la hermana menor—. Ven. Acabo de servir la comida.

—¡Vaya que la tienes medida! —Dijo Carlos con sorna.

Samanta rió por lo bajo, pues su amigo tenía razón. A las seis en punto llegaba su hermana. Durante el último año, ella se encargó de preparar la cena. Teresa trabajaba todo el día como visitadora social y siempre llegaba agotada y hambrienta. Era lo mínimo que podía hacer por su hermana, quien era como una madre para ella.

—¡Oh! ¡Carlos! —Saludó la recién llegada.

—¿Qué tal, Tere? ¿Cómo te fue en el trabajo? —Indagó él con cortesía.

Teresa cerró los ojos con fuerza y resopló.

—Quisiera decir que bien, pero mentiría. Me tocó un caso muy triste. Un pequeño de ocho años. Su padre murió hace un mes, en una guerra de bandas y su madre es adicta a la heroína. Estuve tentada en rellenar la solicitud de adopción.

—¿Y por qué no lo haces? —Preguntó Sam—. Me agrada la idea de tener un sobrinito.

—Yo podría dártelo —bromeó Carlos—, pero Teresa se niega a abrirme su corazón.

—¡Cállate, Carlos! Podrías ser mi hijo —lo reprendió Teresa.

—Pero no lo soy —refutó él y le guiñó un ojo.

—¿Samanta, cuando piensas darle la oportunidad a este muchacho? —Se mofó la hermana—. Así dejaría de estar pretendiendo a mujeres mayores.

—Ustedes van a acabar conmigo —él agitó su dedo en gesto acusador—. Una porque no me quiere —miró a Samanta—, y la otra porque no se atreve a reconocer que está loca por mí —miró a Teresa.

—¡Oh por Dios! Me has pillado. Tienes razón. No sé qué hacer con toda esta pasión que siento por ti —dijo Teresa con notoria bufonería.

Así era una típica velada en casa de las Andrade. Risas, bromas y anécdotas, mientras degustaban una rica comida.

*****

Salió el sol y comenzó un nuevo día. Sam se levantó de la cama, se duchó, se alistó y desayunó algo para poder irse a trabajar. Por una extraña razón no podía dejar de pensar en el extraño encuentro del día anterior. Lo que no lograba entender, era que sentía que ya conocía a ese sujeto de algún lado, pero no recordaba de dónde.

Llegó al aeropuerto y sonrió al revivir lo sucedido en su mente. Ese día prometía ser más movido que el anterior, pues al día siguiente comenzaría la tan esperada Copa del Mundo. Personas de todas partes iban y venían por todo el lugar.

Entró en la cafetería y se preparó para una larga jornada de trabajo. Ese día le tocaría doble turno, pues debía cubrir las horas del día anterior. Gordon era considerado, pero también era muy estricto con el trabajo. Sería una mañana aburrida, pues su amigo llegaría después del mediodía. Tendría que lidiar con la clientela sin ver las muecas que le hacía Carlos desde el otro extremo de la barra, las cuales la ayudaban a liberar un poco el estrés.

Las primeras dos horas pasaron sin ningún sobresalto. Sam tomaba órdenes y servía café como toda una experta, aunque por momentos divagaba, pensando en los ojos azules de aquel desconocido.

«Que de seguro, nunca volveré a ver en la vida». Pensó mientras arreglaba un par de vasos a un lado del mostrador.

—Hola. Buen día —se oyó una voz masculina.

—Lo atenderé en un momento —dijo Samanta, sin girarse.

—De acuerdo. Espero —contestó el hombre.

En ese momento Samanta sintió que su corazón daba un brinco. Había algo muy familiar en esa voz. Se giró para encontrarse con un hombre que miraba con mucha atención el menú en lo alto de la pared, a través de unas gafas oscuras. Un caballero muy alto, con un suéter gris de capucha.

Era él.

Samanta respiró profundo, tratando de disimular sus repentinos nervios. Carraspeó su garganta.

—¿Qué es lo que va a querer, caballero?

El hombre continuaba con la mirada fija en el menú.

»¿Algo frio o algo caliente? —Insistió ella.

—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió él, sin mirarla. Estaba absorto mirando la pantalla de su móvil.

—Muy bien. ¿Señor? —Indagó ella para que le dijera su nombre y así poder escribirlo en el vaso.

—Dominik —contestó—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, haciendo énfasis en cada letra.

Samanta no pudo evitar sonreír. Por lo visto, el hombre era un tanto obstinado y eso le encantó. Se arriesgó a escribir un mensaje al lado del nombre, con la esperanza de que él lo viera y le entregó el pedido a su cliente.

El hombre pagó, tomó su vaso y dio un sorbo.

Samanta sintió que el corazón se le detenía al ver como él se retiraba sin tomarse la molestia de leer lo que ella había escrito, pero de repente su corazón volvió a latir. El hombre se detuvo y clavó su mirada en el vaso. Se giró de golpe y sonrió al verla.

***

Horas antes.

«Esto no está bien. Sé que no lo está». Dominik no dejaba de pensar. Se suponía que en un par de horas debía estar en el entrenamiento, pero decidió salir un momento para ir al aeropuerto. No pudo dormir bien, pensando toda la noche en esa chica. Esa sensación de necesidad no la había sentido por nadie y se obligó a reprenderse por tan tonto comportamiento. No obstante, no abandonó su intención de ir a buscarla. Tenía el presentimiento de que podría encontrarla allí. ¿Por qué? No lo sabía. Solo obedecía a sus instintos.

«Podría haber estado de paso. Como yo», se volvió a cuestionar la descabellada idea que rondaba por su cabeza. «Solo la buscaré para entregarle su iPod y nada más», pensó, como si eso le ayudara a no sentirse tan zopenco por lo que estaba haciendo.

Las probabilidades de encontrarla en un sitio que era frecuentado por miles de personas a diario eran una en un millón, pero allí estaba él, a bordo de un taxi, encaminado hacia el LAX de Los Ángeles.

Bajó del coche, sin perder tiempo y se adentró en la terminal número 3, donde se topó con ella, el día anterior. Miró en todas direcciones y pudo observar cientos de personas caminando de un lado al otro y a pesar de llevar anteojos oscuros y un suéter con capucha, sufría de delirios de persecución y temía que Friedrich apareciera para arruinarle los planes.

La impaciencia por encontrar a la chica comenzaba a hacer estragos en él. Necesitaba una dosis de azúcar o se desmayaría. Pudo ver en la distancia un Starbucks y suspiró de alivio. Podría tomarse un café, mientras pensaba en que iba a hacer para encontrar a esa muchacha de ojos tan lindos.

Se acercó a la barra, dispuesto a ordenar algo cuando su móvil vibró. Al ver la pantalla vio que era un mensaje de Friedrich.

¿Dónde rayos andas metido?

Leyó y respondió en el acto.

Nos vemos en un rato, fue tajante.

Metió el móvil en su chaqueta y miró el menú. Hacía mucho tiempo que no se tomaba un café en Starbucks así que no recordaba los nombres de las bebidas.

—Hola. Buen día —dijo él.

—Lo atenderé en un momento —respondió una chica que arreglaba algunas cosas en un estante.

—De acuerdo. Espero —contestó Dominik. Eso le daría tiempo de pensar en que iba a pedir.

Necesitaba dulce, una buena dosis, pero también necesitaba algo que lo ayudara a activarse, pues pasó mala noche, pensando en… ella.

Su móvil volvió a vibrar. Dominik puso los ojos en blanco, sabía que era Friedrich y le molestaba mucho que su amigo invadiera constantemente su espacio personal.

Estés donde estés, mueve tu trasero y tráelo hasta acá. Ewald me ha preguntado tres veces por ti. ¿Dónde estás?

¡Joder! Cuando Friedrich quería ser un incordio, lo era. Con letras mayúsculas.

—¿Qué es lo que va a querer, caballero? ¿Algo frío o algo caliente? —Preguntó la dependienta.

—Por favor, un frappuccino de vainilla con caramelo —respondió Dominik, sin apartar su mirada de su móvil. Estaba pensando en una respuesta para su publicista.

—Muy bien. ¿Señor? —indagó la chica que lo estaba atendiendo.

—Dominik —contestó él—. D-O-M-I-N-I-K —deletreó él, antes de que la mujer se equivocara al escribirlo, pues siempre lo hacían y detestaba ver su nombre escrito como “Dominique”.

Cálmate. En unos minutos estaré allá.

Dominik presionó el botón de enviar.

Pagó, recibió su café sin dejar de ver la pantalla de su móvil y tomó un sorbo de su bebida. Dio un par de pasos y miró el nombre escrito en el vaso. Sonrió con satisfacción al ver que estaba correcto.

Se detuvo al darse cuenta que había algo más escrito.

¿Has tropezado con alguien, hoy?

Leyó.

«¿Cómo?». Dominik frunció el ceño y se dio la vuelta, por inercia.

La reconoció. Era ella.

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