—Estás pensativo —dijo Daniel suavemente, dando pasos hacia mi escritorio.
—Salomón, nosotros—. Me mordí la lengua con fuerza después de que ese nombre saliera de mis labios. Daniel se detuvo en seco, sus ojos eran feroces.
—¿Salomón? —se burló, cruzando los brazos sobre mi pecho. Fui hacia él de inmediato, sosteniendo sus brazos.
—Lo siento —me disculpé por llamarlo Salomón. Daniel respiraba con dificultad.
—Pensaba en él por los niños, y su nombre salió sin querer —me esforzaba por articular mis palabras. Inhalé y dije sinceramente—. Lo siento mucho, cariño. —Lo besé en los labios para calmarlo. No me besó de vuelta. Se apartó de mí.
—Entiendo —dijo en voz...