Sostuve a Catalina por los hombros y ella se apoyó en mí. Era un par de centímetros más alta que yo, así que estaba cómoda.
—Catalina, Catalina, yo... Esa mujer, lo que sea que te haya dicho. Te amo tanto —estaba agitado. No podía ni formular oraciones coherentes.
Catalina estaba simplemente sin palabras, así que hice lo mejor que podía hacer por ella: desahogarme en su nombre.
—La amas lo suficiente como para dejar embarazada a otra mujer —me burlé—. Miguel. Si realmente la amaras, no habrías estado acostándote con esa mujer.
—Fue un maldito error —gritó, desesperado. Sacudí la cabeza.
—¡Un error! Déjame adivinar: ibas caminando por la calle...