CAMILE
Cuando di por terminada nuestra discusión, corrí como una cobarde a refugiarme en el cuarto de baño. Había cerrado la puerta y cubierto mi boca con la mano, para que él no escuchara mi llanto desbordado. Segundos después, oí el sonido de la puerta cerrarse y con sigilo, me asomé a la habitación. Al percatarme de que ya se había marchado, caminé con prisa sumida en las lágrimas, hasta aquel trozo de madera, dominando el impulso por salir de la alcoba y perseguirlo. Tenía que detenerme, debía aprender a reprimir mis emociones y mis deseos, porque con él siempre sería de la misma manera y siempre sería yo quien...