Solté un gruñido y me devolví con pereza a mi habitación, donde estaba sonando mi celular. Apenas si podía ver nada por la cantidad de lágrimas que se acumulaban en mis ojos por haber estado bostezando desde que me desperté.
Ya no me parecía tan buena idea haberme quedado casi hasta medianoche con Alan en el restaurante.
—¿Si?—murmuré con cansancio.
—Con tanta emoción con la que saludas me dan ganas de llamarte más seguido—bromeó, para mi sorpresa papá—, ¿Recién te despiertas?
—Perdona papá. Y sí, recién estoy considerando porque no he renunciado.
Papá soltó una carcajada y me froté la cara para terminar de alejar los rastros del precioso sueño...