Héctor
—Está dentro, señor, —me informa Tristan.
Abro la puerta del almacén, entro y encuentro al culpable atado a una silla. Sus ojos oscuros me encuentran de inmediato y una sonrisa burlona asoma en sus labios.
Mis dedos se ciñen en puños, pero respiro profundamente. Extiendo una silla frente a él, me siento y me quito la chaqueta.
—Me diste una buena carrera, —le digo, mientras me subo las mangas hasta los codos y me inclino hacia adelante, sobre mis rodillas.
—Puedes matarme, —gruñe Víctor, el ladrón, con tono indiferente.
—Lo haré, —le respondo. Conozco lo suficiente el miedo como para detectarlo. Y este bastardo está paralizado por el terror,...