Cuando Donald llegó a su casa, encontró a su mujer lista y más hermosa que nunca, sin rastro alguno de que hace dos meses trajo al mundo a su tercer vástago. Acercándose a ella, le abrazó y le dijo al oído...
—¡Vamos a fijar fecha para nuestra boda eclesiástica! Sin avisar a nadie, antes de que vuelvas a salir embarazada —al decir esto último, soltó una fuerte carcajada, que en nada agradó a Yves.
—¡Ni se te ocurra volverme a embarazar! —exclamó ella, con autoridad.
»Y en cuanto a lo que me propones, tienes razón, no planifiquemos mucho. Vamos a hacerla en un mes, la organizamos los dos y solo...