Al transcurrir ocho horas, uno de los dos hombres amarrados, se desmayó. Dos de los oficiales que lo custodiaban, lo bajaron y lo hicieron reaccionar. Al lograrlo, le insistieron para que hablara y dijera el nombre de quien lo había contratado; pero aun así, todo débil, muerto de hambre y con sed, se resistió a hablar.
No les quedo otra opción a Martínez y Elvis que volverlo a amarrar en la misma posición. Mientras el otro, que tenía guindando de la misma forma, pero en otra habitación, comenzó a hablar…
—Yo, yo no, no conoz-co ca-si al chófer de la camioneta, él me buscó en mí, mi casa, para hacer...