Chapter 3 Ella te gusta y no lo quieres aceptar

Chapter 3 Ella te gusta y no lo quieres aceptar

Hailey no podía creer cómo revolvieron de la nada toda la habitación: almohadas en el suelo y, lo peor, tres condones usados por él. Sintió asco solo de higienizar. Empezó a organizar la habitación, después de hacerlo echó rocío aventador para que oliera bien. Cuando terminó, salió de la habitación y estaba el señor Arturo solo, sentado en el sillón con lentes mientras escribía en su laptop. Hailey lo ignoró y se dispuso a lavar los platos, los ojos no le daban más, estaba a punto de dormirse.

— Señor, disculpe por interrumpir, ¿me puedo retirar? Ya es tarde y he hecho mi trabajo —dijo ella sin mirarlo a los ojos. Arturo le dio un vistazo y la vio cabizbaja.

—10 minutos — solo eso se limitó él a responder.

Ella vio cómo él fue a la habitación y salió en 5 minutos con ropa normal: una sudadera, tenis y una camisa deportiva. Hailey se mordió el labio, pues su jefe se veía sumamente guapo. Arturo estaba de mal genio.

—¿Te piensas quedar o qué? ¡Muévete, no tengo toda la noche!

Ella caminó rápido y lo siguió hasta subir al ascensor. Él pudo ver a través del espejo los ojos cansados de ella, no dijo nada a pesar de que ella le causaba inquietud, solo esperaba que las puertas se abrieran. Una vez que sucedió, él salió primero y luego ella. Llegaron a las camionetas junto con los guardaespaldas que la custodiaban. Ella fue con Luis, el chófer, y Arturo en su auto escoltado.

Al día siguiente, Rosita la despertó y ya se estaba pasando la hora.

—¡Niña, niña, despierta, se te está haciendo tarde! —Hailey se despertó pero se sentía muy agotada. —¿No dormiste bien?

—El Sr. Arturo me tuvo trabajando hasta la 1 a. m.

—¡¿Qué?! ¿Cómo es posible?

—No le digas nada, Rosita, dame un momento, ya me ducho y salgo a mis labores.

—Está bien, mi niña...

—Qué mala noche tuve, no pude dormir ni mierda. ¡Todo por culpa de esa niñita! —se quejó Arturo en la mesa.

—No me digas que ella te desvela —se burló Paulo.

—¿Qué mierdas dices, Paulo? ¡Claro que no es mi tipo! Es una desaliñada para mí, solo que ayer me irritó verla.

—Me haces pensar malas cosas, Arturo. ¿No será que ella te gusta y no lo quieres aceptar? —Arturo lo miró con cara de pocos amigos.

—Dices puras estupideces, amigo.

—Solo no la lastimes —dijo Paulo muy serio. Arturo no dijo nada al respecto. Hailey se acercó al comedor y ayudó a Rosita a servir el desayuno.

—Buen día, Rosita —dijo Arturo.

—Buenos días, Rosita, buen día, Hailey —saludó Paulo.

—Buenos días, mis niños —los saludó Rosita.

—Buen día, señor Paulo —habló Hailey.

—¿Te encuentras bien? Te veo pálida —dijo Paulo observándola. —Estoy bien, señor, buen provecho. Ellas se retiraron.

—No puedo creer, Arturo, que la hayas puesto a trabajar ayer tanto.

—Tampoco tanto...

—Bueno, ¿qué va a hacer hoy el jefe?

—Como te dije, pasaremos el día acompañados, ya mañana descansaremos bien...

Siendo fin de semana, Paulo y Arturo se encontraron cada uno con la chica que querían. Estando Arturo con su acompañante en la habitación, para tener intimidad, la chica empezó a besar a Arturo y a tocarlo, pero él no sentía nada. Se imaginó viendo a Hailey limpiando, se maldijo por eso.

—¿Qué pasa, cariño? ¿No te gusto? —preguntó la chica desconcertada.

—Lo mejor es que te vayas —dijo él, alejándose de ella. —¿Es en serio? ¿Tanto para no pasar nada? —Vete, por favor. —La chica salió muy molesta, tanto que hizo un gran ruido al cerrar la puerta.

Él le dio un puñetazo a la pared, tenía mucha rabia. Se sirvió un trago, no quería interrumpir a Paulo. "Él se merece su descanso", pensó.

Luego de algunos minutos, llegó a la mansión. Fue directo al bar que estaba al lado de la cocina, se sirvió un trago y, por razones que él no entendía, se acercó a la habitación de Hailey y no la vio. Lo cual era extraño. Iba a ir a su habitación, pero sintió la intriga de saber dónde estaba o quizás no soportó las humillaciones de él y se marchó.

Inquieto, recorrió varias áreas hasta que la encontró en la biblioteca con un libro en su pecho y profundamente dormida. Él se acercó a ella y observó su rostro, su pequeño rostro angelical. Cuidadosamente hizo a un lado el libro y no pudo evitar mirar sus piernas.

La cargó entre sus brazos y la llevó a la habitación, la acostó, pero ella, entre dormida, lo tomó del cuello de la camisa. Al estar tan cerca de ella, la besó, pero se separó de ella, sintió rabia. Salió de la habitación en busca de la botella de whisky y la llevó a su habitación. Hailey despertó por el sonido de la alarma que Rosita puso. No entendía cómo llegó a su cama, solo recordaba que estaba en la biblioteca. Rosita le indicó a Hailey que debía ir al departamento de Arturo, ya que por ser fin de semana era seguro que llevó alguna chica y está todo hecho un desastre otra vez. Aunque Hailey no quería, le tocó hacerlo, después de todo, es su trabajo.

Al llegar, vio que no había más que un vaso de whisky sucio y se le hizo extraño.

—De seguro su habitación está hecha un desastre —se dijo a sí misma. Sin embargo, al ingresar, se quedó sorprendida: todo estaba bien organizado. Así que solo limpió por encima, barrió, repasó la cocina y sacó las cosas del refrigerador que no servían. Cuando la puerta se abrió, ella sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Se giró y era Arturo...

—¡Buen día, Sr. Arturo! —Él no la saludó, sino que dijo de una vez:

—Prepara el almuerzo.

—Disculpe, Sr. Arturo, pero no sé cocinar muy bien. El chef va a preparar el almuerzo, ¿le puedo llamar?

—¿Estás sorda o qué? Te he dado una orden. ¡Obedece y rápido! Porque vendrá una amiga. Hailey se volteó, reviró los ojos y dijo "imbécil" en voz baja.

—¿Qué has dicho? —dijo él con la voz aguda, muy molesto.

—No, no, nada, señor. El corazón de ella estaba que se salía del susto. Fue a preparar el almuerzo, hasta que el timbre sonó y recibió a una preciosa mujer, cada vez era una distinta.

—Guapo, qué rico verte —saludó la mujer de manera descarada.

"Cómo quisiera que me mirara así, bueno, de manera amigable, nada más, pero solo me odias", fue el pensamiento de Hailey.

Cuando el almuerzo estuvo listo, Hailey le dijo a su jefe:

—Señor, ¿le sirvo ya?

—¿Tienes hambre, bella? —le preguntó él a la mujer.

—Sí, papi, y mucha, pero más de ti —habló toda coqueta.

Y así, de la nada, Hailey observó que se levantaron y se retiraron a la habitación. No dijo ni una sola palabra, pero tenía mucha, mucha rabia.

Y otra vez, esos malditos gemidos que odiaba escuchar llegaron a sus oídos como eco. Molesta, intentó concentrarse en limpiar la cocina y, luego de media hora, salieron por fin.

—Señor, ¿les sirvo el almuerzo? —consultó sin mirarlo a los ojos.

—¡No! Iremos a comer a un restaurante prestigioso —respondió Arturo con arrogancia.

"Es en serio, maldito infeliz", dijo Hailey en sus pensamientos.

—Limpia mi habitación —fue lo último que le ordenó y se marchó...

Al llegar a la mansión, Hailey se despidió de Luis y fue a su habitación. Tomó un baño para relajarse y, luego de tanto estrés, Rosita le avisó que estaban pagando el sueldo. Hailey se puso un vestido de girasoles que Paulo le regaló, tocó la puerta del despacho y escuchó una voz:

—Adelante —oyó. Al ingresar, era Paulo y menos mal.

—Hola, señor Paulo, ¿cómo está? —saludó ella sonriente.

—Bien, Hailey, toma asiento, te ves muy linda.

—Muchas gracias, señor.

—¿Cuándo dejarás de decirme señor?

—Bueno, será cuando esté a su altura o por respeto a su edad.

—Me ofendes —dijo él sonriente.

—No lo malinterprete, señor, lo lamento, no era mi intención ofenderlo.

—Tranquila, dime, ¿cómo te sientes trabajando aquí?

—Bueno, para ser sincera, ni bien ni mal, señor, pero estoy muy agradecida.

—Ten, Hailey, es tu sueldo —expresó, extendiendo el dinero. Hailey abrió los ojos como platos.

—¡Es bastante, señor! —exclamó ella, asombrada.

—¡No! Eso es lo que te corresponde, son adicionales por limpiar el departamento de Arturo.

—¡No lo sabía! Gracias —dijo, sumamente agradecida, sacando la mitad de su sueldo—. Tenga, señor, no sé cuánto vale lo que compro para mí, pero quiero pagárselo poco a poco.

—Eres una niña desobediente, Hailey. Fue un regalo para ti.

—Usted ya hizo mucho por mí, por favor, me siento más tranquila y útil si recibo el dinero.

—Está bien, niña, si lo pides así, lo aceptaré —Hailey sonrió.

—¿Qué piensas hacer esta tarde, Hailey? —preguntó Paulo intrigado.

—Quiero conocer un poco la ciudad, señor Paulo, caminar y, bueno, pensar un poco.

—Está bien, niña, si necesitas al chófer, lo puedes llevar.

—De hecho, también es su descanso y él me acompañará.

—Está bien, diviértete.

Hailey salió entusiasmada y buscó al otro extremo de la mansión a Luis, que era el lugar donde se quedaban los de seguridad. Ambos, al encontrarse, se saludaron amistosamente y caminaron en dirección a las rejas para salir de la mansión. Hailey reía mucho por las ocurrencias de Luis, sin embargo, su sonrisa se borró al ver a Arturo...

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