Hailey se encuentra en la sala de estar, limpiando las grandes ventanas de cristal que dan vista hacia el precioso jardín, mientras canta una linda canción que le llega al alma, porque le hace recordar a sus padres.
Ella terminó de cantar, secó sus lágrimas mientras dejaba relucientes los vidrios. Cuando levantó su mirada, vio el reflejo en la gran ventana de un hombre.
Ella se giró y era Arturo quien estaba allí de pie, observándola en silencio. Hailey retomó su compostura rápidamente.
—Señor Arturo —dijo ella y se quitó los auriculares— ¿necesita algo, señor?
—Está prohibido utilizar audífonos mientras se trabaja, llevo rato llamándote —le habló él con arrogancia.
—Lo siento mucho, señor Arturo. ¿En qué le puedo servir?
Ella se puso roja al pensar que él la había escuchado cantar.
—Es mi cumpleaños, haré una reunión en mi apartamento, el chef estará allá, necesito que tú también estés y hagas bien tu trabajo. ¿Me escuchaste?
—Sí, señor —respondió ella sin mirarlo.
Arturo iba a preguntarle por qué lloraba, pero prefirió callarse.
Él dio la vuelta y se marchó, mientras ella se quedó observándolo, sin saber que estaba sintiendo cosas por Arturo.
Al caer la noche empezaron a llegar los invitados de Arturo, entre ellos mujeres y hombres guapos e importantes, según dijo Chelsito.
—¿Son como 20 personas? —habló Hailey.
—Sí —respondió Chelsito—, pero aún faltan las damas de compañía.
—¿Qué es eso? —Hailey es sumamente inocente en esas cosas.
—Cierto, eres inocente. Son mujeres que hacen bailes, ya sabes.
—¡Oh, no deseo estar en ese momento! —se sonrojó Hailey.
—Pero debes. Mira, lleva estos tequeños, compórtate bien, ya te dije cómo llevar la bandeja.
Hailey caminó hacia donde estaba Arturo con unas personas hablando y sonriendo.
—Buenas noches, señores, ¿desean comer? —ofreció Hailey de manera humilde.
Cada uno empezó a tomar un tequeño, menos Arturo, que bebía vino de manera elegante.
—Arturo, no sabía que tenías sirvientas tan lindas —dijo un hombre de unos 25 años.
—No tengo por qué decirlo —respondió él seriamente.
—¿Te molesta si salgo con tu sirvienta?
—No me molesta para nada, puedes hacer con ella lo que quieras —respondió Arturo con arrogancia.
Hailey no sabía qué pensar de él, tan cruel que es.
—Te veo esta noche, linda —dijo aquel hombre, mirando a Hailey con interés.
—¡No me verá, señor! —dijo Hailey de manera seria.
—Fíjate cómo me hablas —dijo aquel hombre—. No puedes desobedecer a tu jefe.
—De hecho, es mi jefe en el trabajo, pero no en mi vida personal. Permiso.
Hailey se retiró, llegó a la cocina y se sentía ahogada.
—¿Qué te ha pasado? Mira cómo estás, Hailey —Chelsito se preocupó por ella.
—Solo me hago respetar, nada más.
—Compórtate, el jefe viene.
Hailey se dispuso a lavar unos platos hasta que sintió que Arturo estaba muy cerca de ella. Se acercó a su oído y le susurró:
—Estás para servirme, Hailey. No vuelvas a faltar el respeto a tus superiores.
Ella se giró quedando frente a frente.
—Señor, si yo no me respeto, nadie lo hará. Si no le gusta que, como mujer, lo haga, entonces me retiro y descuénteme de mi sueldo.
Él sonrió con amargura y dijo:
—¿Te crees muy lista, ¿verdad? ¿No sabes quién soy?
—Es mi jefe, señor —respondió ella desafiante.
—Exacto, ahora a trabajar —ordenó él muy cerca de ella.
Hailey no pudo evitar perderse en la mirada de él y en sus labios.
Hasta que llegó Paulo con 5 mujeres casi desnudas.
Arturo se retiró y esas mujeres empezaron a manosearlo, y él hizo lo mismo. Hailey no quería ver esas escenas, así que ayudó a Chelsito en la cocina.
—¿Cuándo van a cantar cumpleaños? —preguntó Hailey, ya que deseaba que esta fiesta terminara.
—No, Hailey. Desde que trabajo para el señor, nunca se le cantan cumpleaños, solo hacen este tipo de fiestas, nada más.
Hailey se quedó sorprendida.
Ella estaba sirviendo el vino y poniéndolos en una bandeja, sintió una mirada penetrante y volteó a mirar, era Arturo que la observaba mientras una mujer le hacía un baile erótico.
Hailey rompió la mirada y se dispuso a llevar el vino.
Fue al baño y cuando salió, sintió que su tobillo se dobló, pero Paulo, que iba al baño, la ayudó.
—Ven, siéntate —pidió él amablemente.
—No es nada, señor Paulo. Alcancé a reaccionar y no me lastimé, solo que estas zapatillas me aprietan mucho —se quejó ella.
—Es eso, qué bueno. Pero caminas excelente, Hailey.
—Sé manejar todo tipo de tacón, señor, solo que estas no son mi talla.
—¿Por qué no lo dijiste? —la fulminó Paulo.
—No quiero molestar. Además, no pensé que hoy tendría que ponerme esto y era lo único que había de la anterior empleada —explicó ella.
—Mañana tendrás uno de tu talla.
—No, señor, yo los compro.
—Eso es parte del trabajo, Hailey. Quiero preguntarte algo, ¿puedo? —Paulo estaba muy intrigado y quería sacarse esa espina.
—Por supuesto, señor —respondió ella, fijando su mirada en él.
—¿Te gusta Arturo?
Hailey quería que se la tragara la tierra por la pregunta de Paulo.
—Señor...
—Solo dime sí o no —habló Paulo, al ver el nerviosismo de la chica.
—¡Sí! —respondió ella con vergüenza.
- Escúchame, saldrás lastimada. Es mi mejor amigo, pero él no cree en el amor, aunque creo que tú puedas flecharlo - Paulo sonríe, sabiendo en su interior que Hailey es un buen partido para Arturo.
- Es imposible, señor. Él me odia, me detesta. Para él, soy una mujer desaliñada y sin gracia.
- Mírame, Hailey - ordena Paulo.
Ella levantó la mirada lentamente.
- Hailey, vas a sufrir. Nada en la vida es fácil, incluso en el amor hay que luchar. Pero eres pequeña y tierna, sé que tienes carácter. Tienes que aprender a respetarte.
- No quiero ser grosera, señor Paulo, pero me has ayudado lo suficiente.
- Pero tú no trabajas gratis, niña. Porque eres la niña más hermosa que mis ojos hayan visto - dijo él muy sincero.
- Para usted y él soy una niña - aclara ella.
- Para mí lo eres, Hailey. Porque yo no te miro con otros ojos, ¿entiendes? - dijo él, tratando de que Hailey comprenda sus palabras.
- Sí, señor, y se lo agradezco mucho. Gracias por la charla, me voy a trabajar, el jefe se pone irritado - sonríe Hailey.
- No utilices más esos zapatos, ponte los tuyos normales - ordena Paulo.
- Gracias, señor.
- ¡Hey, qué bueno que hayas puesto en su lugar al miserable ese! - Hailey sonríe y se pone roja de vergüenza.
Ella volvió al trabajo.
- ¿Dónde te habías metido? - pregunta Chelsito.
- Chelsito, tuve un percance con mis zapatos, pero ya estoy lista. ¿Qué hago?
- El jefe dijo que le lleves el vino y tres copas. Él está con tres mujeres en su habitación, no creo que te agrade ver la escena.
- Lo sé, Chelsito. ¡Después de todo, es mi trabajo! - dijo ella, sin muchos ánimos.
- Tienes razón, lleva estos pasabocas.
Hailey se fue a la habitación y Chelsito le ayudó a abrir la puerta. Ella entró, pero no volteó a mirar a Arturo y a las tres mujeres.
Hailey sirvió el vino en las cuatro copas y dejó todo ordenado en la mesa. Ella se iba a retirar.
- ¿A dónde crees que vas? - la voz de Arturo la hizo detenerse.
- Señor, he traído su pedido. ¿Se le apetece algo más? - preguntó ella mirándolo a los ojos, se tomó el valor de mirar aquella escena tan espantosa, las mujeres lo manoseaban por todas partes.
- Tráenos el vino.
Ella así lo hizo, se acercó y cada una de esas mujeres tomó su copa.
- ¿Me puedo retirar, señor? - pregunta Hailey con mirada desafiante, cosa que hizo que Arturo se enfureciera más.
- ¡No! - dijo él arrogante. - Trae los aperitivos. Quiero alimentarme bien para darles lo que se merecen a mis acompañantes.
Hailey acercó la bandeja. Se la quería lanzar en la cara a Arturo. Ellas empezaron a comer. La verdad es que son hermosas, tienen cuerpos espectaculares, "así le gustan a Arturo" - pensó Hailey.
- ¿Algo más, señor?
- Retírate - ordena este.
Son las 2 a. m., Hailey siente que se va a quedar dormida del cansancio.
- Chelsito, deberíamos irnos - dijo Hailey haciendo pucheros.
- Yo también estoy cansado, pero recuerda el adicional que nos van a dar, Hailey.
Arturo está tomado y bastante. A Hailey le daba asco ver cómo besaba a una y otra mujer, mientras Paulo está solo con una.
- Amigo, es hora de que el chef y Hailey se marchen - le recuerda Paulo.
- ¡No! - responde Arturo con arrogancia.
- Vamos, ya estás tomado, ellos están cansados. No seas egoísta.
- Que se vaya el chef, Hailey tiene que quedarse aquí.
Paulo hizo señas y las mujeres que los acompañan se alejan.
- ¿Qué te pasa con Hailey? - pregunta impaciente Paulo.
- ¡Con esa mocosa! Nada importante.
- A mí no me mientes, Arturo. ¿Te gusta?
- ¿¿Gustarme?? Vamos, Paulo, ¿acaso no me conoces? ¡No es mi tipo! Aunque sí aguanta pasar una noche con ella.
- Ni se te ocurra jugar con ella. Créeme cuando te digo que es una buena chica, Arturo - lo amenaza Paulo.
- Si tanto te gusta, te doy permiso para que vayas y te la cojas.
- Eres un idiota, Arturo. Ella es una niña para mí. Deja tus tonterías y admite que ella te gusta.
- A mí no me gusta esa y no me gustará nunca. ¡Qué jartera con tu ladilla, me voy a coger, es mi cumpleaños todavía!
Son las tres de la mañana. Hailey está a punto de dormirse, sus ojos se le cierran solos.
- Vamos, niña, nos van a regañar - la anima Chelsito.
- No soporto más, Chelsito. Me duelen los pies y mis ojos están pesados.
- ¡Vámonos a casa! - ordena Paulo al ver que ya se habían ido muchas personas.
Hailey sonríe agradecida.
- Hailey, debes venir mañana a limpiar por la mañana. Te queda poco para descansar.
- Lo entiendo. Con que duerma 6 horas es suficiente para mí.
Al día siguiente, Hailey despertó un poco tarde, pero se alistó de inmediato y no desayunó, sino que se fue rápidamente al apartamento a limpiar.
Hay un gran desastre. Ella empezó a limpiar sin hacer tanto ruido.
Duró media hora limpiando la sala. Era mucho el desorden y las bebidas regadas.
Luego se puso a lavar el baño, a limpiar todo el pasillo, la cocina y preparó desayuno: tostadas, huevos revueltos con salchicha rancheras, arepas de queso y caldo de pescado.
- Buen día, Hailey - la saluda Paulo con su gran sonrisa.
- Señor Paulo, no sabía que te habías quedado.
- Tengo que cuidar de él cuando no está en sus cinco sentidos - dijo Paulo y luego bostezó.
- Entiendo, señor Paulo. ¿Desea desayunar? - dijo ella sonriente.
- ¡Claro! Si hasta la habitación llegó el olor a rico, Hailey.
- No cocino tan rico como Chelsito, pero hago lo que puedo. ¿Desayunará aquí en la barra o le alisto el comedor?
- Tranquila, en la barra está bien.
Minutos después salió Arturo de su habitación.
- Amigo, toma asiento a desayunar. Hailey lo hizo y le quedó delicioso.
- Buen día, señor Arturo, tome asiento por favor - pide ella dulcemente.
- ¡No voy a desayunar! - responde Arturo con arrogancia.
- Vamos, Arturo, ¿es en serio? Siéntate, soy tu amigo.
Arturo no tuvo más remedio que sentarse a desayunar, pero cada bocado era un deleite para su paladar, aunque no lo demostraba. Cuando terminó de comer su caldo de pescado, quería pedir más, pero no quería halagar a Hailey.
- Gracias, Hailey, quedó delicioso - dijo Paulo, que dejó limpios los platos.
- No tanto, Paulo - dijo Arturo poniéndose de pie.
- No le hagas caso, Hailey - Paulo miró mal a Arturo.
- No se preocupe, señor Paulo. Con que a usted le haya gustado es suficiente para mí - respondió Hailey con firmeza, y eso hizo enojar a Hailey.