Mientras íbamos de camino al aeropuerto, e incluso ya arriba del lujoso jet privado de Carter, su teléfono había sonado incesantemente, antes de que pudiera reclamar, él me había dicho que no iba a contestar y lo puso en silencio, pero el incansable vibrar del equipo móvil siguió perturbando incluso en el aire.
—Podría ser algo importante, si no lo fuera, no te llamarían tantas veces —insistí.
Carter suspiró y apagó el teléfono móvil, de una vez por todas.
—¿Feliz? —Apreté la mandíbula. Molesta.
—No, ahora no sabrás por qué te están llamando, y si es de urgencia, quedará sin ser atendido. Dejas las cosas inconclusas y…
No me había...